sábado, 16 de septiembre de 2023

Otro de los últimos

Llegamos tarde a la barra del bar y pedimos unas cervezas. En el comedor aún había cierto barullo de platos, cubiertos y voces. Meri no paraba de llevar bandejas con cafés que preparaba su hermano. Todavía olía a platos ricos de montaña y, sobre todo, no molestaba ninguna televisión a pleno volumen. 

- Perdón. Ya imagino que es tarde pero ¿estaríamos a tiempo de pedir unos huevos con picadillo aunque sea en la barra?

- Lo siento. La cocina ya está cerrada. Puedo ofrecerles algún bocadillo.


Era un restaurante familiar en el que todos echaban una mano los fines de semana. En la esquina, una mujer que parecía ser la cocinera, dueña y madre, descansaba y miraba discretamente con una mezcla de fatiga y orgullo. 


Un hombre salió desde el comedor, se acercó a la barra y pidió lotería. Sus gestos dejaban ver cercanía. 


- No nos queda. Tendrás que volver el viernes. Este año nos la quitan de las manos


- No te preocupes. Volveremos. Por cierto, estaba todo buenísimo, como siempre. Díselo a tu madre.


- Muchas gracias.


- ¿Hasta cuándo estáis?


- Hasta marzo seguimos abiertos. Después cerramos. Esperemos que llegue alguien que quiera continuar porque han sido muchos años.


Esta frase, pronunciada con esa mirada, encerraba mucho más que un deseo. 


Pidió la cuenta y supusimos que invitó a los que aún lo esperaban en la mesa. 


Al salir miramos de nuevo la fachada y descubrimos el anuncio que no nos llamó la atención al llegar. 


”Se vende”


Otro de los últimos. 



#SacaLaFelicidadAPasear⁣⁣⁣







sábado, 11 de marzo de 2023

Reuniones de personas

Los que recorremos montañas sabemos que, en cada salida, existen situaciones a veces espontáneas, a veces planificadas y otras forzadas, en las que el grupo se vuelve a reunir ya sea por cansancio, ya sea para compartir, ya sea por seguridad. Cada jornada la iniciamos juntos, hacemos cima juntos y terminamos juntos. Pero durante el día, el recorrido, el diferente físico, los ritmos de cada uno o simples decisiones personales nos llevan a caminar solos aún sabiendo que no lo estamos. Hasta reagruparnos.

Son esas reuniones espontáneas, planificadas o forzadas las que nos permiten comentar el paisaje, compartir, conocer cómo se encuentra el resto, analizar alternativas, decidir. Rara vez, salvo absoluta emergencia o necesidad, esto se hace a grito pelado, con un walkie o mediante señales con los brazos. Volver a coincidir todos en un punto permite recobrar fuerzas que tal vez no tengamos, levantar expectativas, apaciguar temores, generar confianza, compartir recursos, provocar sensaciones, explotar carcajadas, recordar anécdotas, centrar objetivos, cambiar de rumbo.

Cada uno juega su papel y todos son importantes porque el éxito del grupo depende de cada uno de sus miembros. Si se rompe un eslabón, se rompe la cadena. Y cuando llega el último no se echa a correr sino que se espera a que se recupere él también.

"Seguimos que nos quedamos fríos"; "¿Estás ya mejor?"; "Un rato más y ya estamos"; "Si quieres lo dejamos y volvemos otro día"; "Hemos venido juntos y volvemos juntos"; "Qué bien se está aquí, somos unos privilegiados"; "¿Veis aquello? Tenemos que ir"; "Aquella montaña la llevo aquí tatuada"; "¿Te queda agua?"; "Hoy voy fundido. Dormí fatal"; No lo conocía. Es brutal"; "Ayúdame con esto, por favor".

De un tiempo a esta parte, las prisas, la tecnología, el COVID, la excesiva comodidad y ciertas modas y modos de vida han hecho que las videollamadas, los Teams, los Zooms irrumpan en nuestro día a día profesional ( y personal ) disminuyendo drásticamente la interacción presencial y el contacto humano. Con sus evidentes ventajas en muchas circunstancias, también están impidiendo disfrutar de los beneficios de la cercanía, la espontaneidad, la mirada a los ojos y la complicidad de la post reunión. Quizás demasiado trabajo en soledad desperdiciando los beneficios, la fuerza y la creatividad del grupo. Quizás demasiada distancia para poder aprender de los que más saben. Quizás demasiada información que no logra viajar por la red.

La montaña es una fuente de riqueza para muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Los reagrupamientos a los que hacía referencia al principio forman parte de la esencia misma del montañismo y son fundamentales para el éxito global de cualquier actividad, sea del nivel que sea. Tal vez en la vida profesional deberíamos tomar ejemplo y mantener el contacto humano directo en lugar de multiplicar la dependencia y las carencias de las pantallas. El proyecto común y las personas que lo hacen posible sin duda alguna lo agradecerán.





sábado, 31 de diciembre de 2022

Respuestas que no llegan

Durante un tiempo creímos que íbamos a salir mejores. ¿Quién no recuerda aquellas campañas, discursos, promesas y #hashtags?. De alguna manera muchos nos lo creímos porque lo necesitábamos. Durante aquellas largas semanas de primavera, llamábamos o escribíamos y nos contestaban. ¿Recuerdas?. Pero salimos iguales y en peores circunstancias.

¿Por qué ya no se contesta igual? No me refiero al que pregunta por cotilleo o compromiso sino a aquel que dedicó tiempo, esfuerzo e interés, aquel que buscó destinatarios, aquel que venció timideces, miedos u orgullos, aquel que cuidó su redacción y repasó su gramática, aquel que lo necesita, aquel que sigue esperando respuesta y que no entiende de incómodos e inoportunos silencios.

Hoy muchos nos felicitaremos, a muchos nos felicitarán y nos enviaremos los mejores deseos para el Año Nuevo. Recibiremos todo tipo de respuestas: rápidas, previstas, enlatadas, preparadas, repetitivas, personales, reflexivas y hasta sentidas. Todas ellas se agradecen en Nochevieja.

También habrá silencios como cuando se ignora a un optimista "¡buenos días!" que regala un desconocido.

Entre todos esos deseos para el Año Nuevo, yo añadiría uno más: contestemos antes de que las respuestas no lleguen a tiempo, contestemos al que nos preguntó, contestemos al que, probablemente, lo esté esperando, contestemos incluso al que ya ni lo espera.

En muchas ocasiones, una respuesta es la única solución a un vacío y no obtenerla lo agranda.

Te deseo que en este 2023 no te quedes sin respuestas y que todos hagamos un esfuerzo por contestar. Y que la falta de tiempo nunca sea una excusa.

#SacaLaFelicidadAPasear






miércoles, 31 de agosto de 2022

Escuchar en un collado

Aún era temprano pero ambos aprovechamos el mismo collado para descansar.

Lo divisé a lo lejos por el color de la ropa que destacaba entre tanta roca. Supongo que él me siguió con la mirada mientras yo recorría la última diagonal.

Me senté a su lado.

- ¿Te importa?

- Incluso te lo agradezco.

Me contó que llevaba ya treinta y tantos días de travesía en solitario desde el Cabo Higuer aunque en las etapas iniciales lo acompañó su mujer. No tenía prisa y no se fijaba estrictos objetivos. Chino chano. Seguía el itinerario que le marcaba un plano que abrió delante de mi y que después tuvimos que volver a doblar entre los dos.

- El viento de los collados, me dijo sonriendo mientras tratábamos de utilizar los pliegos antiguos del mapa para devolverlo al bolsillo de la mochila.

De vez en cuando prefería elegir variantes menos habituales que la naturaleza, el paso del tiempo y la ausencia de montañeros convertían en intransitables. Irremediablemente eso le había hecho pasar algún susto que sólo iba a compartir con quién lo entendiese.

Su modo de hablar era pausado y no hacía un uso exagerado de un lenguaje rebuscado. Aún así, era evidente que se trataba de una persona culta y con amplios conocimientos fruto de los casi setenta años que aparentaba. La singularidad del timbre de algunas de las vocales evidenciaba su origen catalán.

El día era excesivamente caluroso. Esta incomodidad, añadida a la dureza del terreno, a los desniveles que se iban acumulando y a los kilómetros que diariamente se iban sumando, empujaba a conversar y a alargar la pausa.

- No entiendo cómo algunos pueden llevar mochilas tan pequeñas y ligeras. Llevo lo mínimo indispensable, evito los "por si acaso", pero no bajo de los 12 kilos. Me anima comprobar que tú vas igual.

No tardamos mucho en abandonar los detalles técnicos de la ruta y en adentrarnos en terrenos más personales.

- Una travesía se convierte en algo mucho más especial cuando se tiene la suerte de poder iniciarla desde la misma puerta de tu casa, cerrando uno mismo la puerta, con la mochila ya colocada y las botas puestas.

- ¿Sabes una cosa? Yo no pude hacer eso pero dentro de unas semanas, no sé cuántas, mi ruta prevista pasará justo por una casa que tenemos en el Pirineo de Gerona. Muchos de mis amigos quieren coincidir allí conmigo. El problema es que mi planificación es incierta y ellos casi me exigen saber qué día llegaré. Tendrán que amoldarse porque yo seguiré mi propio ritmo. Me hace mucha ilusión pasar por mi casa y luego continuar hacia el Cabo de Creus.

Repasamos lugares, anécdotas, personas que nos marcaron. También hubo silencios mirando al Vignemale y comprobando lo pequeños que somos en medio de tanta inmensidad.

- Estos momento y estos encuentros casuales siempre me hacen pensar en lo privilegiados que somos. Hoy, al amanecer, ni siquiera sabía si coincidiría con alguien en todo el día. Y, unas horas más tarde, estamos compartiendo mucho de lo que llevamos dentro sin ni siquiera saber cómo nos llamamos.

- Tienes razón, me dijo. Pero el verdadero privilegio es poder encontrar a alguien que realmente te escuche.





sábado, 13 de agosto de 2022

Cap´n Coconut

Lleva unos días atracado en el Puerto Deportivo de Gijón junto con otra veintena de barcos, todos extranjeros y todos tripulados por un solo navegante. Ya desde lejos destacan del resto de veleros por la cantidad de banderolas que ondean en sus estáis de proa.

Al Coconut de Mark le correspondió uno de los amarres más cercanos al muelle por lo que, al acercarnos a esa zona de pantalanes y apostarnos a contemplarlos a todos, fue el primer barco que nos llamó la atención. Su casco naranja nada tiene que ver con los lujosos diseños de los actuales barcos de las grandes regatas comerciales y mediáticas. Tanto el Coconut como el resto de sus compañeros de travesía alrededor del mundo, están muy alejados de los prototipos dotados de la última tecnología y los últimos avances en materiales que hacen que los marinos ya no naveguen sin consultar continuamente sus GPS, radares, webs meteorológicas y hasta redes sociales. El Coconut es un velero para navegantes, para conocedores del mar, los vientos, las mareas, los rumbos, las estrellas, las cartas de navegación y los perfiles de las costas.

En el Coconut, las velas aún flamean y se izan a fuerza de brazos.

Cuando nos asomamos, Mark estaba arreglando algo en la bañera del barco. Todo en el Coconut es simple, humilde, nada pretencioso e incluso está algo desordenado aunque supongo que con todo lo necesario para navegar con seguridad. Su aspecto es el de un auténtico hombre de mar con muchas travesías, muchas noches sin dormir, muchas millas recorridas y mucho disfrute en su mirada. Levantó la vista, pareció alegrarse, nos saludó con un grito y siguió con su faena. Nosotros permanecimos mirando porque no tenía duda de que iba a subir al muelle a vernos. Y así fue.

Hasta que no llegó a nosotros no supimos que en Gijón se estaba concentrando toda la flota que, unas semanas más tarde, desde Les Sables d´Olonne en Francia, partiría para dar la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin apoyo de herramientas tecnológicas, esto es, con reloj, sextante y mapas. Por si fuera poco, previamente Mark llegó a Asturias navegando desde Adelaida ( Australia ) durante más de 170 días. 

Ese día tenía una cena con otros compañeros y nos preguntó cómo llegar al restaurante. Era un local cerca del puerto por lo que no fue complicado indicarle el camino más lógico. Creo que todos agradecimos no haber recurrido a Google Maps porque eso hubiese evitado conocernos. Al marchar nos invitó a volver otro día por el puerto y visitar el Coconut.

No quise, de ninguna manera, desaprovechar la ocasión de compartir un rato más largo con él. Tenía mucho interés en conocer por dentro el barco pero mucho más en escuchar de su boca los detalles de la vida de un hombre del emanaba experiencia y amabilidad. Su carácter de navegante solitario no impedía que fuese alguien abierto y con ganas de conocer gente en cada puerto.

Los días siguientes bajé hasta el muelle un par de veces pero no coincidimos. Finalmente, a la tercera lo conseguí. 

Lo volví a encontrar haciendo pequeñas reparaciones. Siempre hay algo que hacer en un barco. Al verme llegar, me reconoció y me invitó a subir a bordo. Quise aprovechar para obsequiarle con uno de los productos más reconocidos de la repostería gijonesa, Las Princesitas de La Playa, en una caja que reproduce las clásicas casetinas de rayas de la Playa de San Lorenzo. Le sorprendió el regalo y me preguntó detalles del producto y de cuándo era mejor consumirlo. 

- Será un placer poder comerlas en la travesía hasta Les Sables d´Olonne. ¿Crees que será posible?

Ya a bordo le confesé que llevaba varios días pensando en cómo sería la vida en el Coconut, con el reto de la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin ayuda tecnológica de ningún tipo. Para Mark era lo más normal del mundo y pasó a explicarme con detalle su vida en el barco. Muy orgulloso, me mostró un simple mapa en el que ya había trazado su navegación semana a semana. Preveía una duración de cerca de trescientos cincuenta días. Casi un año embarcado en esa nave de diez metros con nulas comodidades y sin apenas contacto con nadie. 

- ¿Cómo haces para dormir y mantener el barco bajo control?

- Me meto ahí dentro y fijo el timón. Muy simple.

- ¿Y eres capaz de dormir aunque sea un par de horas?

- ¡Jajajaja ni siquiera dos minutos!  

Nos adentramos en el interior del barco y descubrí el compartimento que durante los próximos trescientos cincuenta días iba a ser toda su casa. Si verlo en puerto, un día de sol y el mar en calma era ya complicado, imaginarlo en mitad del mar, de noche, con tormenta y oleaje me produjo el máximo respeto. Mark no dejaba de sonreír y de mostrarme sus únicas herramientas de navegación, un reloj de principios del siglo XX y un cuidadisimo sextante. Por no tener no tenía ni calculadora y todos los cálculos eran mentales o a base de lápiz y papel.

Señalándome un pantalón que se secaba al sol, exclamó:

- Mira, mi lavadora. Y llevo suficiente comida para toda la travesía.

¿Qué pensarán estos navegantes solitarios para los que la noción del tiempo es totalmente diferente a los demás? Mientras me daba todo lujo de detalles, lo visualicé solo en mitad del océano, sin ningún punto de referencia que no fuese el sol o las estrellas. Pero también en una oscura noche de tormenta, a la luz de los rayos, con las olas saltando de babor a estribor y, supongo, sólo pensando en que todo acabe y vuelva la calma.

Las normas de la edición de 2022 de la regata Golden Globe Race son muy simples: saliendo de Les Sables d´Olonne, un máximo de treinta navegantes deberán dar la vuelta al mundo en solitario, sin escalas, pasando por los cinco cabos, en veleros similares a los de Sir Robin en 1968 y construidos antes de 1988, sin ayudas tecnológicas ni navegación por satélite. Todo finaliza llegando de vuelta al puerto de salida.

- ¿Es una regata competitiva?

- No deja de ser una regata y sí que hay gente que compite. Pero otros lo que queremos es hacerla.

Pura esencia: el barco y el hombre. Y el mar.

Mark, que toda su vida fue Commander de la armada australiana, es ese tipo de personas que se cruzan muy brevemente en la vida de uno. Aparecen casualmente y desprenden espontaneidad y generosidad sin impostura. Es por ello que rápidamente se incorporan al catálogo de encuentros que han merecido la pena.

De regreso a casa no pude evitar comentar este encuentro con alguien que es un referente en el mundo de la vela española:

"Me alegro de que hayas conocido algo de la verdadera esencia de nuestro deporte ahora que se habla mucho más de las pruebas de vela tecnológica"

Qué encuentres buenos vientos, Mark, aka cap´n Coconut. Estoy seguro de que, al pasar por las costas de Adelaida en plena Golden Globe Race, todos los que te quieren saldrán a recibirte.




domingo, 19 de junio de 2022

La música de una Vespa PK de 1985

Me lo confesó desde sus veinticinco años y tras haber conducido casi cuatro horas una furgoneta para venir a recogerla:

- Has tenido que vivir muchas cosas con ella. Siempre he pensado que en aquella época disfrutasteis de muchísima más libertad de la que ahora tenemos nosotros.

Se refería a a la época en la que, gracias al empeño - y la financiación- de mi madre adquirí una Vespa 125 PK, roja. Fue en septiembre de 1985, año en el que España se incorporó a la entonces Comunidad Económica Europea, en el que se organizó la Caravana de Mujeres de Plan, en el que se abrió la reja de Gibraltar, en el que Gorbachov accedió al poder en la URSS, en el que se grabó el We Are the World y se celebró el doble macroconcierto Live Aid en Londres y Filadelfia, en el que Barcelona solicitó organizar los Juegos Olímpicos, Hinault ganó su quinto Tour de France y en el que Rafael Nadal aún no había nacido. Roland Garros lo ganó Mats Wilander derrotando a Iván Lendl. Se cerró Rockola y según Diario Pop/Radio 3, Gabinete Caligari fue el mejor grupo del año.

Y yo acabé el Lycée y aprobé el Baccalauréat.

No creo que haya que cogerle cariño a las cosas materiales. No dejan de ser productos que adquieres con dinero para satisfacer alguna necesidad, son útiles y también, sobre todo los vehículos y ahora la tecnología, se deterioran, fallan y dan muchos problemas. Sin embargo, es inútil luchar contra la tristeza de perderlos. Algunas cosas dejan de serlo en algún momento y se convierten en emociones.

Mi Vespa rápidamente pasó a formar parte de mi vida y, tras ser una fiel compañera durante toda mi etapa universitaria, asumió sin rechistar las mudanzas que le venían encima a Jaca, Barcelona, Sevilla, nuevamente Jaca, Zaragoza para terminar en Gijón. Por todas sus calles circuló con la elegancia que sólo tienen las Vespas de aquella época, con sus cuatro marchas y embrague en el puño izquierdo, su motor y su palanca de arranque a la derecha, su freno en maneta derecha y pedal, su rueda de repuesto en el lateral izquierdo, su mezcla de gasolina y aceite al 2% ( cuántos tubos de Castrol...), su pitón enganchado entre las piernas junto a la llave de paso y el tirador del "aire" y, sobre todo, su característico rugido del motor, ese que ahora las ITV ni entienden y, mucho menos, valoran. Tuvo sus plazas de garaje aprovechando huecos inmundos y oscuros pero más veces aún durmió en aceras frente a portales que daban acceso a casas que aún miro con una sonrisa.

Recuerdo con todo tipo de detalles mi primer y casi único accidente. Fue un mes de diciembre y yo conducía con una chaqueta tipo Kaiku vasco, de cuadros negros y verdes. Muy reconocible por no ser muy habitual. Al llegar a un cruce en el que yo tenía preferencia, un conductor de un coche no respetó su señal de ceda al paso. Ahí aprendí la norma número uno del conductor de moto: nunca te fíes de un coche. Tras el impacto volé por encima del coche y aterricé al otro lado. Dio la casualidad que el coche que circulaba detrás del infractor era el Ford Fiesta de Begoña, compañera de clase y asidua de Hondarribia. El Kaiku le sonaba por partida doble: por su condición de medio vasca y por mi.

- Ese que ha volado es Koldo, le dijo a su copiloto. Y fueron las primeras en socorrerme.

Como bien me recordó David al ver la moto por primera vez, teníamos más libertad. Así lo sigo pensando cada vez que comparo la hiper reglamentación a la que nos somete toda la retahíla de administraciones que nos hemos ido dotando desde entonces. Desde luego, muchas de las cosas que hice o conocí a lomos de mi Vespa me llevarían casi a la cárcel en nuestros días. Cuánto perdimos con la imposición del casco en todas las situaciones para dejar de sentir el aire en la cara.

En esa época, sin necesidad de trámites, cursos, exámenes, ni tasas trabajábamos como profesores de esquí mi hermano Javier y yo. Sábados y domingos subíamos a dar clases en autobús pero, para llegar a la parada, íbamos en la Vespa. ¿Y cómo lo hacíamos? Con la mirada sólo curiosa y nada sancionadora de la Policía Local, allí íbamos los dos a las siete de la mañana, con dos o tres pares de esquís, dos bolsas de botas, dos mochilas y un cartel de metacrilato de 80 x 60 cm en el que se leía "Club Independiente de Esquí - Ruta 1". Todo en su sitio. Cierto es que a las siete de la mañana circulábamos casi solos pero la vuelta a las siete de la tarde la hacíamos entre coches, taxis, autobuses y gente que iba al cine. Jamás uno de la Local nos hizo ni una señal. Prueben ahora.

¿Cuánta gente habré llevado de paquete?

- ¿Koldo vas para casa? ¿Me acercas?

Y para allá que íbamos aunque hubiese que cruzar media ciudad.

¿Cuántas veces me dejé las llaves puestas en el aparcamiento de la Facultad?

¿Cuántas veces escuché a los que nunca tuvieron una que las Vespas eran inestables por tener el motor a un lado? Leyendas urbanas.

He de reconocer que la puse a prueba muchas veces. Viajes kilométricos por autovías, vueltas nocturnas y a veces complicadas, meses sin arrancar y vuelta a empezar....jamás, salvo la víspera de un final de Contabilidad, me dejó tirado. Aquel día era domingo por la tarde, mes de junio. Había estado trabajando dando clases de tenis por la mañana a treinta kilómetros de mi casa. Volvía con la presión del examen, la duda de si presentarme o no, y cargado con un raquetero. Y la moto se paró diez kilómetros antes de llegar, en plena autovía. Sin cabinas y sin ni siquiera sospechar que un día existirían los móviles, no me quedó otra que la clásica de aquella época: empujar. La maldije durante horas, sudé cómo nunca y, por supuesto, la Contabilidad fue directa a septiembre.

Ha estado conmigo treinta y siete años. Treinta y siete. Y sigue sonando a Vespa. No me agarro a ningún romanticismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor pero es evidente que desde hace tiempo no se diseña y construye como entonces. Con nula tecnología, su motor es pura garantía. Dos patadas necesitó antes de ayer después de permanecer más de un año parada. Nulas revisiones periódicas. Gasolina y aceite. Punto.

Ahora, por otros motivos, volvemos a conocer lo que es apurar un depósito de gasolina y un chivato electrónico nos sopla cuánta autonomía tenemos. Con la Vespa era diferente. Estirábamos el depósito de cinco litros hasta el último milímetro. Calculábamos a ojo hasta que en plena recta un par de amagos nos avisaban de la reserva. Entonces, con absoluta seguridad, nos curvábamos hacia delante, echábamos la mano izquierda entre las piernas y girábamos la llave de paso a la posición R. Se iniciaba así el emocionante trayecto en reserva que tantas veces acababa a empujones.

Conoció los inviernos de Jaca aparcada junto a las piraguas de Manolo en el jardín de la oficina donde trabajábamos. No la usaba mucho en ese tiempo salvo algún desplazamiento puntual. Eso debieron entenderlo muy bien unas cuantas avispas que, ante tanta ausencia humana, establecieron su nido debajo del cuenta kilómetros. Una tarde de verano la cogí y, antes de arrancar, me atacaron todas juntas y crearon la leyenda de Don Pimpón: mi mano dejó de ser mano para convertirse en una manopla. Alguien lo recordará aún en el Centro de Salud.

La he estado manteniendo estos últimos años con la convicción de que algún día alguno de mis hijos la restauraría y utilizaría. Pero entre el coste de hacerlo, las cada vez mayores trabas que ponen en las ITV y los tecnócratas impedimentos medioambientalistas europeos nadie se ha animado a hacerlo. Con el freno echado, y tras varios intentos, asumí que había que venderla y apareció David.

ITVs.... Qué pesadilla... Qué sacaperras... Las últimas inspecciones empezaron a ser cansinas. Este tipo de motos no tenían declaración de ruidos en el año 1985. Tampoco había ITV. Con el tiempo y con la imposición de las revisiones, se estableció un nivel de ruido homologado que siempre da problemas (dependiendo de la estación de control). Para superarlo tuve que empezar a buscar a los especialistas y amantes de Vespa en Zaragoza - gracias Serafín - que siempre encontraban una solución. Pero en Malpica fueron capaces de rizar el rizo:

- Lo siento, esta Vespa no puede aprobar la Inspección. No lleva luz de posición.

- ¿Cómo? ¿Luz de posición? ¿Esta Vespa? No la ha tenido jamás, ni tiene hueco, ni tiene instalación, ni mando. Tiene corta y larga.

- Pues no aprueba.

- Escuche: lleva aprobando toda la vida y lo que me está pidiendo es como si a ese Seat 600 le pide airbags.

No hubo manera. Ni siquiera saliendo el ingeniero responsable. No me quedó otra que acudir a Serafín quien, con conocimientos, aplomo y planos, llamó al ingeniero:

- ¿Qué es esto de luz de posición en una Vespa PK? Le mando los planos originales de la moto. Si se empeña en que le ponga la luz de posición me va Ud. a decir cómo y dónde, y se la coloco.

Volví a Malpica y en menos de media hora me colocaron el adhesivo válido para dos años.

David llegó a la hora convenida. Estuvimos charlando un buen rato. Me contó que llevaba tiempo buscando una así, con sus papeles en regla, y que él mismo iba a ocuparse de restaurarla. Tiene tiempo, sabe hacerlo y tiene herramientas. Confío en que también cariño.

Al enseñarle la moto pudo ver que sigue teniendo los mismos adhesivos que puse en mi juventud. En los laterales y en el frontal. Greenpeace acababa de llegar a España. Alguna vez, influido por la obra de arte que mi amigo Carlos hizo en su Vespa Primavera forrándola absolutamente de papeles de Sugus, tuve la tentación de empapelar la mía. Recuerdo haber pensado hacerlo con papeles de periódico. Pero para eso había que saber mucho y carezco de ese don. Con otra amigo, Javier, hicimos un intento en su Renault 8 y, tras la petite catastrophe, abortamos la prueba. La probabilidad de éxito era nula y la de chapuza muy elevada. Diría que incluso absoluta.

Revisamos la moto, le expliqué detalles. No tuvo muchas dudas y cerramos rápido el trato.

Aproveché los últimos cien metros entre mi casa y su furgoneta para conducirla por última vez. Sin casco y en alpargatas. Como entonces. Seguía sonando a Vespa. Pura música.

Le comenté que escribiría algo con la certeza de que tendría que callar muchas historias que se quedarían entre ella, el momento y yo.

La subimos a la furgoneta y le pedí una última foto.

- No te preocupes. Llevará buena vida, me dijo al despedirnos.

Confié en él. Parecía buen chico y espero que la disfrute.

Viva Vespa. Viva Piaggio.







miércoles, 1 de junio de 2022

Reivindicación de la experiencia

 Decía Luis Eduardo Aute mientras cantaba:

"Reinvindico el espejismo

de intentar ser uno mismo"

( La belleza )

Y hoy, de madrugada en París, D. Rafael Nadal lo que ha reivindicado es el valor de la experiencia, esa que se trabaja, esa que no se aprende en cursillos ni en Masters, esa que no se improvisa, esa que demasiadas veces se ignora porque muchos, erróneamente, la temen.

No busquen rápidos sustitutos, no tengan prisas injustificadas, disfruten del ciclo de la vida y del privilegio de que sea uno de los nuestros.

( acojonante, Alex Corretja, viva tú también con tu retransmisión )


( Rafael Nadal venció en un partido memorable a Novak Djokovic la madrugada del 1 de junio de 2022 en la pista Philippe Chatrier de Roland Garros. Accedió de esa manera a las semifinales del torneo )