miércoles, 15 de abril de 2020

El consejo del rebeco

"Venid, seguidme y quedaos que lo que veo llegar os encerrará una temporada"

No entendimos los consejos del rebeco.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa



Operación Garmo Negro

Aquella vez le pusimos nombre y fue nuestra particular versión del "Salvar al soldado Ryan".

La operación Garmo Negro que, más tarde y por otros motivos, se complicó en la bajada, permitió recolocar piezas que andaban algo revueltas.

Bien es verdad que fue completa cuando, después de cenar, apoyados en un tonel, hicimos balance de todo.

Desde aquella vez, si la situación lo aconseja, montamos operaciones Garmo Negro para celebrar la amistad.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.


#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa


lunes, 13 de abril de 2020

Zabardast

En urdu se dice zabardast.

Cuando se alcanza la cima, sea la que sea, conviene disfrutarlo, mirar bien lo recorrido y preparar la bajada. También comer algo.

No hemos terminado y hay que saber regresar.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa




domingo, 12 de abril de 2020

Las calles de tu ciudad

Suelen ser en domingo. Temprano para que protesten los menos. Sí, los hay a los que les molesta que, de vez en cuando, haya personas corriendo por las calles en lugar de coches yendo de compras.

Tras el barullo y los cánticos de la salida, cada uno entra en su silencio. Sólo se escuchan pisadas y respiraciones que se aceleran. Algunos escupen. Otros tosen nerviosos. Cada uno traza su estrategia para recorrer calles silenciosas mientras los semáforos siguen, sin sentido alguno, sus ciclos que nadie respeta.

A pesar del asfalto, los edificios y las curvas en ángulo recto, recorrer así tu ciudad tiene su parte de belleza. Es ella la que te homenajea. El Pilar y su plaza emocionan mientras corres entre ellos.

Nunca he sido de competir contra el cronómetro ni contra nadie en estas pruebas. Tan sólo correr por sentir.

"Lo importante es participar", decía aquella campaña. "Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo", afirmaba Coubertin.

Quedaban pocos kilómetros y me dolía todo. Pensaba en detenerme junto al Ebro cuando escuché una voz, mi nombre y una sonrisa conocida. Una palmada, "¡venga, va!" de Jordi Dalmau y a correr otra vez.

La segunda ayuda fue anónima. Se colocó junto a mi una mujer de la que sólo recuerdo que llevaba un pañuelo en forma de cinta en la frente. Y una voz suave.

"¿Llegamos juntos?"

Y tanto que lo hicimos. Sonriendo y abrazándonos.

"Muchas gracias"

Y desaparecimos para siempre. O hasta ahora.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa




sábado, 11 de abril de 2020

Semana Santa en los Alpes

Por los motivos que fueren, no recuerdo tener constancia de la Semana Santa hasta que, por motivos profesionales, residí en Sevilla tres años y descubrí, con sorpresa, el mundo de las procesiones y su importancia cultural en algunos entornos. Hasta entonces, para mi la Semana Santa era el casi final de la temporada de esquí y los últimos cursillos y viajes de ese año. Podían ser una o dos semanas, generalmente en los Alpes franceses, ya que también entraba en juego la Semana de Pascua de los catalanes si no recuerdo mal.

Hasta ese descubrimiento sevillano, y dejando aparte las semanas de esquí, la Semana Santa eran fundamentalmente dos semanas de vacaciones en el colegio, final del segundo trimestre y ciertos cambios alimenticios: de repente no se comía carne.

Solíamos viajar un par de días antes de las llegadas de los grupos para preparar el desembarco de los miles de esquiadores que, en esa época, salían a esquiar a los Alpes franceses desde España. Se organizaban cientos de viajes desde clubes, asociaciones, universidades, agencias, grupos de amigos etc. Un verdadero micro mundo que generaba una importante actividad económica y cuyo éxito asegurábamos, mayoritariamente, veinteañeros con bastante iniciativa, mucho entusiasmo y poco miedo.

Lo que denominábamos una "entrada" de Semana Santa en una de las principales estaciones francesas ( Valthorens, Tignes, Avoriaz, Les Arcs etc ) era una verdadera operación logística en la que tres o cuatro guías, al mando de un jefe de estación, todos amigos y mucho más, asegurábamos que, en una tarde, tres mil esquiadores acabasen durmiendo en sus apartamentos, con sus fianzas entregadas, sus forfaits en un sobre, sus sábanas listas y sus clases organizadas para el día siguiente a las 10 de la mañana. Toda esta operación, así contada, parece fácil. Pero a veces el ingenio, el temple, la sangre fría, la experiencia y hasta la mismísima Gendarmerie eran necesarios.

Formábamos lo que se llamaba la Escuela Independiente de Esquí y trabajábamos para el Club Independiente de Esquí. Todo muy independiente. Éramos unos avanzados. Tan avanzados que nuestro principal soporte era Ski, Golf &Aventura, otros rompedores de la época visto treinta años después.

Antes de salir para Valthorens, Txavi y yo recogimos toda la documentación en las oficinas centrales del tour operador. Lo habitual era salir sin todo completo y ese viaje no fue la excepción. Nos quedaban doce horas de viaje en el Volkswagen Golf GTI que nos prestó Dña. Marisa. Ese trayecto de más de mil kilómetros, sin GPS, era todo un recorrido cultural alrededor de diferentes Áreas de Servicio: el 103, el Cisne, el área de Pina, La Porta Catalana y la tan recordada de Bourg de Péage. Qué buen bocadillo me tomé allí con nuestro añorado Íñigo. Ésta solía ser la última oportunidad de abastecerse de algo. Desde allí hasta arriba del tirón.

Tanto a la ida como a la vuelta, las áreas de servicio eran auténticos santuarios, puntos de encuentro de decenas de autobuses simultáneamente. A un lado de la barra, los conductores que comían mejor y gratis. A otro lado, los viajeros que pedían cafés y bocadillos. Y fuera, en el suelo sentados, el resto, la mayoría, con lo que traían desde casa. Entre medias quedaban clientes esporádicos, a los que la escena pillaba desprevenidos, y que miraban casi asustados desde alguna mesa apartada.

Con grandes dificultades, y relevándonos cada cincuenta kilómetros, conseguimos llegar a Valthorens, 2300 metros de altura, a las 4 de la mañana. Condujimos toda la noche. Tal y cómo preveíamos, nadie de nuestra organización había previsto nuestra llegada y nuestra aparición por las diferentes recepciones ( Pierre Vacances, Maeva etc ) era contemplada casi como una broma pesada. Ante la perspectiva de pasar unas cuantas horas en el coche, a 15 bajo cero, nos arriesgamos a tocar la campana de lo que hoy sería un Rústico Hotel con Encanto. Recuerdo su fachada alpina con sus plantas colgando de los balcones. Tranquilidad y silencio. Confiábamos, ingenua y desesperadamente, que aquella luz que veíamos fuese la de un recepcionista entregado a la lectura. Una vez me contaron que aún se recuerdan entre los más lugareños los alaridos de Monsieur le Patron surgiendo de entre unas bonitas flores rojas... .

Lo previsto se cumplió. Noche acucurrucados en el Golf GTI de Dña. Marisa, sin encender la calefacción, entre vaho y maldiciones. No hubo un bonito amanecer.

La jornada iba a ser larga. Organizar el desembarco de tres mil tipos que llegan de vacaciones tras más de quince horas de viaje exige y aconseja que los errores sean mínimos. Este tipo de cliente toleraba pocas bromas. Organizar apartamentos, distribuir sábanas, clasificar llaves, poner fotos en forfaits, preparar sobres para las fianzas de veinticinco mil de las entonces pesetas..... todo ello en pocas horas, recorriendo estación arriba, estación abajo, sin dormir, sin comer ..... y sin móvil, no era evidente. Y faltaba lo mejor: que no casasen los listados, que faltasen apartamentos o que la Madame de una inmobiliaria exigiese algún pago que no había llegado a tiempo. Todo ello en pocas horas y con los autobuses, aviones y coches avanzando cómo búfalos en la polvareda.

Pero que nadie se asuste. Todo lo solucionábamos. Para eso nos mandaban allí. Para eso íbamos.

Tras horas de controlado estrés, con una colaboración extrema, el goteo de clientes iba desacelerándose hasta de repente parar. Nos tocaba el gordo si coincidía que ya no quedasen llaves que entregar al tachar el último cliente de la lista. O eso creíamos. Porque entonces podía empezar otra batalla.

Desde una de las oficinas de apartamentos de la calle principal de Valthorens salí a tomar el aire. Nada más abrir la puerta, percibí cierto tumulto que capitaneaba un pequeño grupo. Venían directos y chillaban mi nombre:

"¿Dónde está ese Koldo?"

Horreur. Se venía el lío. El remate.

Se trataba de un numeroso grupo de clientes de una agencia de León que habían tomado el mando rebajando al guía del grupo. Creo que éste incluso lo agradeció. Por lo que fuere, sus expectativas no coincidían con lo encontrado. Eso solía ser habitual en todo este proceso: apartamentos más pequeños, menos intimidad, no hay lavadora, las camas son de matrimonio, está lejos del remonte.... Pero su agresividad era diferente. Eran mineros que, semanas antes habían tenido fuertes conflictos por la reconversión de su sector e incluso habían caminado hasta La Moncloa desde el Bierzo. Entendidos, en una palabra.

La revuelta, justificada, ruidosa y con bastones incluidos, estaba motivada por el estado lamentable de algunos de los apartamentos que uno de los proveedores había vendido al tour operador. Calmados los ánimos y revisado el problema, en un auténtico alarde de truco de magia, conseguimos recolocarlos asumiendo nosotros mismos el traslado de equipajes y sábanas. A mano, por supuesto. Y sin móvil, recordad. Ni tabletas ni un jefe al que recurrir.

Al cabo de unos días cenábamos todos juntos.

Eramos muy jóvenes, casi todos universitarios, vestíamos casi siempre uniformes rojos, nos gustaba mucho lo que hacíamos, nos pagaban bien porque trabajábamos muy bien, los clientes nos solían apreciar tanto que algunos se convirtieron en amigos e incluso parejas de algunos de nosotros, hasta padres o madres de sus hijos.

Una vez, después de unos años, una pareja me paró en los pasillos de un Cortefiel.

"¡Koldo!"

"¡Hombre! ¡Qué alegría, los del episodio de Avoriaz!.  ¡De vaya lío os saqué! ¿Qué hacéis aquí y juntos?"

"¿Recuerdas que ni nos conocíamos? ¡"Pues después de aquello nos casamos!"

Hace unos años conseguí reunir a muchos de los que formamos aquel grupo. Nos hizo ilusión. No había pasado el tiempo.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa








viernes, 10 de abril de 2020

Para salir de la niebla

Hoy llueve.

Aquel día también llovía pero bastó cambiar de valle para, una vez fuera de la niebla, comprobar que era, pese a densa, pasajera y superable.

Teníamos ventaja. Contábamos con alguien que domina su trabajo, que entiende de riesgos, que aporta soluciones, que sabe lo que pisa.

Pero sobre todo con alguien que se preocupa por el grupo, que transmite total confianza y que entiende de empatía. Alguien que jamás te meterá en un lío e intentará salvarse él y su perro.

Se puede salir de una densa niebla y volver a la belleza. Pero antes y mejor en buenas manos y mejor cabeza.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

#SacaLaFelicidadAPasear #YoMeQuedoEnCasa #QuédateEnCasa




jueves, 9 de abril de 2020

Las madres / La gente.2


Voy a recuperar un viejo artículo de 2016.

Todo este sinsentido que estamos viviendo desde hace un mes y que, de ninguna manera, nos hubiésemos imaginado el 31 de diciembre, cuando nos deseábamos lo mejor para 2020, espero que nos esté acercando a lo que tenemos más próximo y vemos tan lejos. Las personas o, lo que tanto llaman, la gente.

De las cosas que más agradezco en mi vida es haber vivido mi infancia en un pueblo y haber recibido una educación francesa. En aquella época formadora de todo lo que somos más tarde, las madres estuvieron al mando de las tropas infantiles y eran las que más horas pasaban con nosotros. No lo veo como crítica hacia el papel de nuestros padres. Era otra época que no se debería juzgar con valores de ahora. Ellos también tenían lo suyo para sacarnos adelante.

El poder jugar en la calle, ir en bicicleta sin semáforos ni pasos de peatones, desaparecer sin pedir permiso, fabricarnos arcos y usarlos contra nosotros mismos, correr, evitar la mordedura de un perro... todo ello era posible mientras nuestras madres estaban al sol, juntando un par de bancos, haciendo chaquetas de punto, cosiendo coderas, a sus cosas y sin meterse en las nuestras. Eso creíamos y pienso que era así.

Ni nos hiperprotegían ni necesitaban sesudas normas ministeriales - Europa era aún una entelequia y Bruselas algo que estaba muy lejos - que dijesen qué comer, a qué jugar, cómo vestirnos o a quién acercarnos. Lo tenían todo bastante claro y sabían a qué hora había que comer. Les bastaba con salir a la puerta y pegar un grito para tenernos a todos sentados en la mesa.

Nunca nos habría podido pasar nada. Y si nos hubiera pasado, todos teníamos un nombre, éramos hijos de alguien y vivíamos en algún sitio. Alguien nos hubiese ayudado o dado un merecido bofetón. Al mismo tiempo, podíamos saludar por su nombre al que nos cruzábamos, al de la tienda dónde entrábamos e, incluso, al que no conocíamos de nada.

Eran, son, la generación de padres y madres que ahora se están marchando solos y que algunos quieren usar cómo moneda de cambio para la salvación de una economía que fueron ellos quiénes echaron a andar y que nos ofrecieron cómo regalo. A ver qué dejamos nosotros.

No todos crecemos igual. A mi, gracias a lo que nos dieron los míos, me gusta que las personas tengan nombre y no cargo, me gustan las cosas con nombre de persona y lo que más recuerdo son los lugares con nombre. Valoro lo auténtico y lo cercano aunque esté en la lejanía.

Yo, por suerte y convicción, también pude elegir un pueblo para mis hijos y una educación francesa. Espero también haber acertado.

Ahora estamos encerrados y, además de lugares y momentos, recordamos a personas. A ver si cuando salgamos seguimos llamándolas por su nombre.




LA GENTE ( publicado el 10/10/2016 )

He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos atrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestro horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división.

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates. E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos.