jueves, 9 de abril de 2020

Las madres / La gente.2


Voy a recuperar un viejo artículo de 2016.

Todo este sinsentido que estamos viviendo desde hace un mes y que, de ninguna manera, nos hubiésemos imaginado el 31 de diciembre, cuando nos deseábamos lo mejor para 2020, espero que nos esté acercando a lo que tenemos más próximo y vemos tan lejos. Las personas o, lo que tanto llaman, la gente.

De las cosas que más agradezco en mi vida es haber vivido mi infancia en un pueblo y haber recibido una educación francesa. En aquella época formadora de todo lo que somos más tarde, las madres estuvieron al mando de las tropas infantiles y eran las que más horas pasaban con nosotros. No lo veo como crítica hacia el papel de nuestros padres. Era otra época que no se debería juzgar con valores de ahora. Ellos también tenían lo suyo para sacarnos adelante.

El poder jugar en la calle, ir en bicicleta sin semáforos ni pasos de peatones, desaparecer sin pedir permiso, fabricarnos arcos y usarlos contra nosotros mismos, correr, evitar la mordedura de un perro... todo ello era posible mientras nuestras madres estaban al sol, juntando un par de bancos, haciendo chaquetas de punto, cosiendo coderas, a sus cosas y sin meterse en las nuestras. Eso creíamos y pienso que era así.

Ni nos hiperprotegían ni necesitaban sesudas normas ministeriales - Europa era aún una entelequia y Bruselas algo que estaba muy lejos - que dijesen qué comer, a qué jugar, cómo vestirnos o a quién acercarnos. Lo tenían todo bastante claro y sabían a qué hora había que comer. Les bastaba con salir a la puerta y pegar un grito para tenernos a todos sentados en la mesa.

Nunca nos habría podido pasar nada. Y si nos hubiera pasado, todos teníamos un nombre, éramos hijos de alguien y vivíamos en algún sitio. Alguien nos hubiese ayudado o dado un merecido bofetón. Al mismo tiempo, podíamos saludar por su nombre al que nos cruzábamos, al de la tienda dónde entrábamos e, incluso, al que no conocíamos de nada.

Eran, son, la generación de padres y madres que ahora se están marchando solos y que algunos quieren usar cómo moneda de cambio para la salvación de una economía que fueron ellos quiénes echaron a andar y que nos ofrecieron cómo regalo. A ver qué dejamos nosotros.

No todos crecemos igual. A mi, gracias a lo que nos dieron los míos, me gusta que las personas tengan nombre y no cargo, me gustan las cosas con nombre de persona y lo que más recuerdo son los lugares con nombre. Valoro lo auténtico y lo cercano aunque esté en la lejanía.

Yo, por suerte y convicción, también pude elegir un pueblo para mis hijos y una educación francesa. Espero también haber acertado.

Ahora estamos encerrados y, además de lugares y momentos, recordamos a personas. A ver si cuando salgamos seguimos llamándolas por su nombre.




LA GENTE ( publicado el 10/10/2016 )

He vuelto a pasar por delante decenas de veces y, pese a lo feo y alejado de mi ideal de vida, siempre me debato entre entrar o no. Rara vez lo he hecho. Creo que sólo dos. Lo evita el chocarme de frente con los recuerdos que no han podido ser aniquilados por el paso del tiempo. Dónde había vida en la calle ahora supongo que habrá simple supervivencia. Dónde había personas con nombre, rostro y una historia ahora habrá números, registros y, seguramente, franquicias, anonimato y ruido en el silencio. Habrá datos, o metadatos, o superdatos que, parece ser, es lo único que interesa de nosotros.

Lo suyo era el arte con los dedos de la mano. Lo mismo le daba ritmo a la tijera con el dedo meñique levantado que, a la tarde, desde un sexto por lo menos, salía al balcón con sus solos de trompeta. Música de metal y música de viento. Cuando empezábamos a peinar greñas, mi madre nos mandaba a la peluquería de Alex con una frase grabada en la frente: "corto, hacia un lado y flequillo desigual". Y sonaba la tijera. Era otra época u otro lugar, o ambos a la vez, pero cada persona tenía su nombre y nadie era anónimo. Alex era Alex el peluquero, el de la peluquería Alex, junto a la tienda de chucherías y papelería del Señor Pedro. En la cuesta que llevaba a la iglesia vieja. Digno representante de la palabra oficio, el métier francés de toda la vida. Antes de que la globalización todo lo homogeneizase, detrás de cada uno había un oficio, detrás del oficio, un nombre y detrás del nombre, una persona. Y detrás de la persona, una sonrisa. O un borde, o un cascarrabias, que de todo había, no nos vamos a engañar.

El valor de las personas era otro ya que aún no nos habíamos convertido en simples celdas de Excel, en contactos de WhatsApp o en datos, simples o complejos, al servicio de un ser superior que no sabe que existe la piel, el olor o el sonido. Ni por supuesto las entrañas, el alma o el corazón. Cuenta la leyenda que el hijo de Blas Cuenca, el fontanero que venía lo mismo a arreglar un grifo que goteaba que a reformar un cuarto de baño, se fue a Barcelona a estudiar teleco y que, tras acabar y empezar en una gran empresa, lo dejó todo para volver al negocio de fontanería de su padre, de Blas. El primero de los valientes. Sigue contando la leyenda que cuando por primera vez lo vimos de nuevo volver a casa, tras su paso por la multinacional, portaba con orgullo la caja de herramientas de la que salía, sin orden, un puñado de estopa que se utilizaba entonces para evitar las fugas de agua en las juntas de las cañerías. Y no es leyenda que los fontaneros de entonces tenían un olor característico que permanecía durante horas debajo del fregadero recién arreglado y se expandía por el resto de la casa, al menos durante un día entero.

Alfonso, el lechero, ahora sería uno más de los Food Truck que se instalan en los barrios hipsters de las ciudades para celebrar el enésimo fin de semana gastronómico y que hoy están aquí, mañana allí y nunca en algún sitio. Hamburguesas, zumos de verduras, mejillones con patatas o sushi importado. Pero yo al que recuerdo es a Alfonso, con su furgoneta Ebro de puerta lateral, llegando puntualmente todas las tardes, a eso de las cuatro, a cada casa y sabiendo de antemano cuántas bolsas de leche nos hacían falta, qué días necesitábamos huevos y qué yogures eran nuestros preferidos. Podía llegar sonriendo o cabreado. Tenía derecho a ello. Era una persona con su vida de todos los días, buenos y malos. Pero nunca un desconocido.

Nadie me obligó a aprenderme sus nombres. Ni a memorizarlos. Pero aún soy capaz de ver la cara de Serrano, el carpintero, llamando a la puerta con su lápiz en la oreja derecha, sus herramientas y su chaquetilla azul. Los lápices de carpintero no eran normales sino ovalados y afilados a navaja. Nunca supe el motivo y siempre lo achaqué a que así era más cómodo para ponerlos en la oreja y que no se cayesen al arreglar la cinta de la persiana de madera o al colocar aquel rodapie.

Lo efímero de entonces se ha convertido en permanente para el resto de la vida y existían relaciones, actitudes y valores que han sobrevivido a la obsolescencia programada del triple salto tecnológico, a las prisas, al éxito inmediato y a la deshumanización de nuestros días. Detrás de todo había personas, aunque las temieses cómo cuando Riofrío, el practicante, llegaba armado de sus jeringas y sus vacunas y nos escondíamos atrás de las cortinas. La antitetánica era la peor. Ya sea por la mordedura del fiero de Atón, un perro que giraba entorno a si mismo para morderse el rabo, o por arañarte con un clavo oxidado en lo alto de la caseta, asomaba la amenaza de la jeringa de Riofrío.

Con la bicicleta, que ahora por suerte ha vuelto para quedarse, íbamos de la Drogue a Tienda Lucy Sol Ongil. La Quiniela se comprobaba en la Hoja del Lunes, único periódico de ese día. El resto de la semana Doña Emilia nos reservaba encima de una silla el ABC y, a partir de 1976, también El País. Y el domingo, los suplementos. Era la estanquera, la de los periódicos. Creo recordar que al igual que en la mayoría de los comercios, pagábamos la cuenta mes a mes. Se fiaba sin dejar fianza y sin firmar contratos. Al igual que en la farmacia de Lda. B. Martínez, frente a la carnicería de Pepe. Existía la palabra dada y la confianza otorgada.

Pepe siempre estaba en alto y pedíamos de abajo a arriba. Se protegía la retaguardia con unos enormes carteles con los nombres del despiece de la vaca, el cerdo y el conejo. "Acércate a Pepe y que te de unos filetes de punta de tapilla y un kilo de carne picada". En el mostrador, las cabezas de los bichos te observaban sacándote la lengua mientras esperabas sentado en un banco corrido apoyando la espalda en la pared. De cuando en cuando, Pepe, desde detrás de las básculas que colgaban del techo, hacía una broma o un chascarrillo mientras envolvía el hígado en ese papel gris algo recio. El hígado se comía, y los sesos y la lengua. No conocíamos aún a la OMS.

Las manos y los labios sabían a pipas, la ropa olía a parque y una farola era mucho más que una plaza mayor. Alrededor de ella había dos o tres bancos de metal que se iban moviendo buscando el sol por las tardes. Tomás, con su cojera, y Benjamín, al que llamábamos Benya, mantenían todo aquello para que los árboles fuesen a la vez porterías y limitadores del terreno de juego. Hasta defensas de vez en cuando si faltaba alguien. O un mismísimo campo de beisbol. Al bueno de Benya no le gustaban nada las cagadas de Wolf. "Todo es bueno para abonar la hierba menos las cagadas de perro y las de conejo". Dixit. Los jardines se regaban por inundación por, sospecho, simple dejadez.

Nuestro héroe local tenía tres cosas: un peculiar lunar encima del labio, una tienda de bicicletas y un récord en el Tour de Francia que creo que aún perdura. José Luis Viejo le metió casi 23 minutos de ventaja al segundo en una etapa siendo, hasta hoy, el fugado que mayor margen ha logrado con respecto al pelotón. Aquella tarde de julio sonaron fuegos artificiales y su tienda surgió cómo lugar de peregrinación para arreglar frenos y desviadores de piñones.

Fueron miles de horas yendo y viniendo en aquel Land Rover que, puntualmente, a las siete y media de cada mañana, lloviese, nevase o amenazase calorina de junio, llegaba al mando de Pablo o de Pedro. Nunca entendimos la lógica que hacía que viniese uno u otro pero lo que sí percibíamos era su empatía y cuidado cómo si fuésemos sus propios hijos. Sabían todos nuestro horarios de entrada y salida, tuviésemos tarde libre, saliésemos una hora más tarde o nos quedásemos a entrenar tras las clases. Con ellos vimos crecer esa horrible Nacional II y saltábamos cuando decidían coger un atajo, más aún si era todo terreno. Pablo el serio, callado y responsable. Pedro el grandón, parlanchín y cantarín.

El relevo lo tomó Hilario y subimos a primera división.

Nombres que no sólo son nombres. Personas que fueron y que están. Hasta el mismísimo macarra que, en aquella atracción de feria, se subía a aporrear un punching de boxeo con el codo, o con el puño, mientras giraba y giraba. La Ola se llamaba la atracción. Él era simplemente el macarra que miraba por encima del hombro y que competía en chulería con su compadre el de los coches de choque que se subía detrás de las guapas agarrado a ese palo del que salían chispas. Y te regañaba si chocabas de frente.

Era otra época de la que algo habría que tratar de recuperar para que "la gente" no sólo sea base de fácil discurso político de algunos en La Sexta.

No íbamos a un peluquero, ni llamábamos a un fontanero o a un carpintero. Íbamos a Alex o llamábamos a Blas Cuenca o a Serrano. La leche la traía Alfonso y Emilia nos guardaba el periódico.

Y Benjamín nos llenaba la cocina de berenjenas y tomates. E Hilario era todo un señor.

La gente. Las personas y no los datos.





miércoles, 8 de abril de 2020

Coger un capazo a tiempo

"¿Venís de arriba? ¿Nos queda mucho?"

La respuesta siempre suele ser optimista.

Coger un capazo en plena subida con alguno al que llevas un rato siguiendo con la mirada permite, además de descansar sin remordimientos, ver lo que falta con sus ojos. Él viene de dónde tú vas. Siempre suele ser más optimista su visión porque, de alguna manera, él también desea que lo pises con tus pies.

"No queda nada. Lo que ves y ya llegas. Unos treinta minutos"

Suele ser algo más. Bastante más porque siempre hay camino que no ves. Pero eso ya lo sabes y cuentas con ello.

"Suerte. Disfruta"

"Aupa"

Entre medias nos contamos media vida con la complicidad de los amigos de siempre. Con mucha suerte podremos coincidir más tarde en el refugio pero seguramente no nos volveremos a ver jamás.

Hay encuentros fortuitos en los lugares adecuados y en los momentos oportunos. Conversaciones que jamás se producirían en un andén, en un semáforo o en un atasco.

Lugares en los que hablar con alguien no es pedir, no es negociar, no es engañar. Son lugares en los que hablar es casi siempre dar.

Saquemos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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martes, 7 de abril de 2020

El rodillo

Creo que llegados al día veintipico ya podemos reconocer, sin rubor pero con conocimiento, que hacer rodillo con la bici es muy aburrido.

Menos mal que pude conseguir uno unos días antes de encerrarnos. Gracias a eso puedo seguir con las rutinas deportivas. Pero es tremendamente aburrido y me cuesta tanto creer que alguien se divierta aún poniéndose en la pantalla de la tableta el recorrido de la Quebrantahuesos o la etapa reina del Tour...

A partir del minuto 35 ya hay que tirar de recuerdos. Todos disponemos de una despensa llena.

Yo suelo buscar en la estantería de las delicatessen. Y, entonces, los minutos empiezan a volar.

O, por lo menos, eso intento.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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lunes, 6 de abril de 2020

Bonita palabra es escampar

Hicimos caso al guarda del refugio e iniciamos inmediatamente el descenso. Iba a ser bastante largo así que, en silencio, los tres nos pusimos en fila, se nos tensaron los músculos y subimos el ritmo. En ciertos momentos, cuando las cosas se complican, suelen coincidir las conclusiones: lo importante es que alguien las aplique.

Nadie dudaba de que nos iba a pillar la tormenta pero cuanto más abajo, mejor.

Hasta ese momento todo había sido primaveral. Habíamos madrugado bastante para poder llegar hasta la cima. La previsión meteorológica no incluía tormentas lo que nunca significa que no puedan organizarse y liártela. Íbamos convenientemente equipados, disfrutando y con los ojos bien abiertos.

"Démonos vida"

Jamás he visto caer tanto agua con tan mala leche. En unos segundos aquello se convirtió en un campo de batalla en el que de nada servía ni correr, ni buscar, ni siquiera pensar en dónde refugiarse. No había nada más que cielo negro abriéndose las tripas para que escaparan rayos y sonasen truenos. Latigazos. Unos cerca, otros más lejos. No había nada dónde guarecernos. Sabía que encontraríamos un refugio más abajo pero quedaba un rato bien largo.

Hay tormentas que parecen ser la última, la que no tendrá un fin ni un después. Ésta lo era.

El grupo es lo que cuenta y lo que hay que mantener. Cuando aquello arreció nos juntamos unos segundos, nos protegimos del viento, nos abrazamos, algo nos dijimos que no recuerdo y ya no quedó duda de que llegaríamos abajo. Nos habíamos armado de confianza.

En cualquier caso, todo seguía muy oscuro.

Desde algún lado que nunca entendimos apareció una pareja desorientada. Nos debieron ver a lo lejos y esperaron que llegásemos. Aún teníamos que cruzar un pequeño nevero y no tenían claro cómo hacerlo. Hay ciertas cosas que juntos, mejor. No hicieron falta palabras. A partir de ese momento fuimos cinco. Lo cruzamos sin problemas y ya sólo quedaba caminar. En realidad hubo alguno pero pronto lo olvidamos.

Los que ya se habían refugiado nos divisaron antes que nosotros a ellos. Según nos contaron, nos veían desde hacía rato pero nosotros sólo los imaginábamos. Desde una pequeña ventana lateral iban contando los pequeños grupos que llegaban. Nosotros fuimos los últimos.

Era una muy simple construcción para ganaderos. Algo sucia, la verdad. Hay gente que nunca piensa que tras ellos vienen otros y que sus restos de basura no aportan nada bueno. Hay gente que no sabe qué huellas dejar y sólo dejan sus restos de suciedad. Física y de la otra que es peor.

Esa borda no tenía nada pero en aquel momento lo tenía todo. Tenía un techo y un grupo de gente que, sonriendo y animando, nos acogió al llegar, nos hizo hueco al fondo y nos acompañó mientras escampaba. Tratamos de secarnos, rescatar algo de ropa seca de la mochila y esperar.

Decidimos organizarnos y salir juntos. En varios grupos y en una larga fila, uno por uno, fuimos llegando al puente que cruza el río Ara en Bujaruelo.

Es un puente románico del siglo XIII por el que han cruzado miles de contrabandistas, peregrinos y los últimos, hasta ese momento, fuimos nosotros levantando los brazos al cielo.

Empezaba a escampar.


Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes

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sábado, 4 de abril de 2020

Por fin los sarrios

Por fin los sarrios.

Extrañamente no huyeron sino que quisieron acompañarnos en la bajada. Seguro que ellos también deseaban hacerlo junto a nosotros. Quizás sintieron nuestra alegría de estar ahí con ellos y nadie más.

Estuvieron observándonos en nuestra lenta subida. Ellos lo hubieran hecho de otro modo. Pero ellos pueden. Nosotros necesitamos recursos físico y técnicos y seguir una huella que traza zetas.

Era una manada numerosa y ese día pudimos disfrutar de algo que difícilmente se repetirá. Normalmente miran y huyen. Ese día miraron, esperaron y nos invitaron a seguirlos.

Hasta abajo, cuando decidieron volver a subir y nosotros a sonreír.

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

( mientras escribía este post no he dejado de tararear a @McEnroebanda, @PalmeraSmith y @TheNewRaemon en su "Por fin los ciervos")

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viernes, 3 de abril de 2020

Durandal

Casi todos los años subimos a buscar a Durandal.

Qué bien que no la encontramos. Así hay que seguir buscando. Y volviendo.

Saquemos todos las felicidad a pasear en estos días más tristes.

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jueves, 2 de abril de 2020

Instantes

Son mucho más que instantes congelados. La mayoría de las veces son consecuencia de decisiones conjuntas, pensadas y optimistas.

Si aquel día, bajo una lluvia que ocultaba cualquier posibilidad de que el cielo despejase, no hubiésemos decidido equiparnos y tirar para arriba ni hubiéramos conocido a Canelo ni disfrutado de un silencio abrumador.

Todo invitaba a quedarse para no regresar a lo que, sin saberlo, se avecinaba.

A la vuelta, ya en el coche, comentamos:

"Qué habrá pasado hoy? En ningún instante he pensado en otra cosa que no fuese en el disfrute de dónde estábamos. Qué lejos hemos estado de todo"

Saquemos todos la felicidad a pasear en estos días más tristes.

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