domingo, 18 de marzo de 2018

Todos los barcos tienen nombre

Aquella mañana era diferente. Desde el muelle, pero aún sin alejarse, ella esperaba junto a tres maletas de viaje, vestida de calle y cubierta con un sombrero. Lo miraba ir y venir y, mientras, yo imaginaba en qué estaría pensando. Él revisaba una y otra vez que el barco quedara bien asegurado y amarrado a puerto. Desde hacía semanas, durante las horas que coincidían con mi jornada de trabajo, había seguido el ritmo de su jornada o, lo que es lo mismo, de su vida. Siempre hay actividad a bordo de un barco pero ellos eran diferentes porque eran, o parecían ser, los dueños del barco y, por lo tanto, de su vida.

El suyo era diferente y, sin destacar, llamaba la atención entre tanto despilfarro y ostentación de los macro yates qataríes. En pocos metros, a la vista de todos, convivían el sueño de una conversación de enamorados junto con la frivolidad y la exhibición de diseño del nuevo rico. Los pies en la tierra frente a los aires de grandeza. Lo real frente lo artificial. El suyo era un barco de placer, de 12 metros de eslora, con bandera británica. Motor, vela y una zodiac protegida en cubierta. Un barco con el puente mando demasiado alto con respecto al tamaño del barco. Un puente de mando abierto hacia la popa desde el que se gira orgulloso su patrón al alejarse del puerto. Un barco cómo los de esas películas en las que sucede algo terrible en el mar ya sea una tempestad nocturna con olas que nunca terminan, ya sea un asesinato y una desaparición a bordo en mitad de la bruma o ya sea un ataque de un tiburón gigante que devora una jaula dónde uno trata de hacer fotos. Un barco que se balancea más de lo normal en cuanto el mar no está en calma.

Suelo observar a la gente e imaginar cómo ha sido su vida inmediatamente anterior al instante de cruzarse en la mía. De dónde vienen, con quién han estado, a qué se dedican, por qué están delante de mí en ese momento o hacia dónde se dirigen. A ellos llevaba días imaginándolos dejando atrás su casa en algún lugar indefinido de Inglaterra. Pensé en su casa de dos pisos, de ladrillo rojizo, con un pequeño jardín en la entrada, alineada con infinidad de adosados idénticos a lo largo de una calle que, de vez en cuando, recorre el mismo autobús. Sus vecinos, sus rutinas. Una casa con escalera interior y con un perchero a la derecha. Una casa en una pequeña ciudad costera con lluvia y gaviotas. Dice Ricardo, cantando con Jimena, que "allí las playas ni siquiera tienen arena". Tal vez por eso se fueron.

Los imaginé hace unos años, en una comida de domingo, anunciando a sus dos hijos y a algunos de sus nietos que se iban a embarcar y que, a partir de ese momento, tendrían que buscarlos en los puertos. Volverían de vez en cuando, abrirían las ventanas de la casa para ventilar y organizarían otra comida de domingo. No los iban a dejar solos.

Aquella mañana, recuperadas sus ropas y calzado de ciudad, era el preludio de una de esas vueltas que tenían que hacer de vez en cuando, al menos dos veces al año. Los veía incómodos, forzados, sabiendo que tenían que dirigirse a un aeropuerto con vuelos low cost a cruzarse con compatriotas que llegaban en búsqueda de una semana de barra libre y a subirse a ese mismo avión rumbo a Manchester, Bristol o Birmingham. Aunque con muchas ganas de rencontrarse con los suyos, era el día de volver, por unos días, a lo que en su día decidieron dejar atrás. Ni siquiera su estancia en los puertos los acercaba a esa rutina ni a ese gris. Rara vez salían de los muelles si estos eran urbanos. Si acaso a un supermercado cercano. Vivían a bordo dónde siempre había algo que hacer.

Habían elegido el barco cómo otros eligen un cochecasa u otros restauran una borda en un pueblo abandonado. Habían elegido un sueño, el suyo. Tal vez lo idearon cuando de jóvenes coincidieron en una fiesta de verano y él la acompañó a casa por primera vez, temeroso de darle el primer beso que, por otra parte, ella esperaba. O quizás se habían reencontrado después de muchos años durante los cuales se buscaron sólo en sus recuerdos pero siempre con esperanza. Lo que resultaba evidente es que habían llegado a ese momento de la vida en el que uno se da cuenta de todo lo que le sobra y de lo poco que hace le falta. Habían llegado juntos. Y eso era lo único que les hacía falta.

Solían desayunar, comer y cenar en cubierta y nunca los vi en el bar del puerto en el que pasaban las tardes los tripulantes de los otros barcos, todos empleados, todos extranjeros. Estos eran más jóvenes y se buscaban entre si. Tal vez ese bar no era lo que ellos necesitaban porque no les gustaba esa pantalla gigante en la que, a todas horas, sonaba algo que nadie escuchaba y, menos aún, miraba. A ellos los trataban con cariño y con respeto pero formaban parte de mundos diferentes. Su barco, mucho más pequeño y austero que el resto, era el único que no dejaba de balancearse incluso con el mar totalmente en calma. En eso también era diferente.

Alejarse era dejar el barco solo y él no paraba de amarrarlo una y otra vez. Por un momento pensé que sólo buscaba una excusa, un argumento, para suspender el viaje. Seguro que la noche anterior lo hablaron. Cuántos viajes se hubiesen suspendido si se hubiera hecho caso a las conversaciones y a los temores de las vísperas. Me ausenté de mi ventana y, al volver, ya no estaban.

Desde ese día, cada mañana miré al barco y comprobé que todo seguía igual. Ellos no lo sabían pero lo vigilaba.

Todos los barcos tienen nombre.

El suyo se llama Beau Jolie








viernes, 2 de febrero de 2018

Imaginación, talento y trabajo

Hace un tiempo, el máximo responsable de un club de la ACB de una de las principales ciudades españolas, me comentó: “Ojalá tuviésemos los recursos del Baskonia” Sin quitar mérito a los que gestionan clubes/marcas llenos de estrellas, solamente la imaginación, el talento y el trabajo consiguen que equipos de ciudades de pequeño tamaño puedan codearse con los grandes generando ingresos y notoriedad. El Grupo Baskonia Alavés es ejemplo de ello. Radicado en una ciudad de apenas 250.000 habitantes ha conseguido crear una potente marca propia que le permite competir sin complejos con los grandes de Europa sin perder su esencia y su componente humano. Imaginación, talento y trabajo al servicio de la pasión, haciendo lo que realmente saben.

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viernes, 24 de noviembre de 2017

Lentejas bien picantes

Para aquella tarde de un día cualquiera del mes de febrero, decidimos hacer lentejas y nos proveímos de todo lo necesario, sobre todo el chorizo bien picante. Unas lentejas fuertes, de montaña, para tipos ( y tipas ) que lo aguantaban todo, incluidos los incontables días sin dormir más que un par de horas para cumplir con los clientes día, tarde y noche en las pistas, las tiendas y las discotecas. La de la tarde era nuestra comida principal ya que, a mediodía, solíamos estar aún en las pistas aprovechando el tiempo libre del que disponíamos entre los cursillos de la mañana y los de la tarde. No perdonábamos un instante a pesar de que el ciclo semanal, que empezaba el domingo a última hora, se repetía de diciembre a finales de mayo.

Cada cursillista creaba y arrastraba tras de si, después de su semana blanca, una leyenda que se ha venido transmitiendo de boca en boca desde entonces. Entre nosotros era muy habitual designar con un mote a casi todos ellos para reconocerlos rápidamente, cambiarlos de grupo, hacer chascarrillos o, simplemente, sonreír con sus anécdotas.

Esa semana de finales de febrero coincidieron las lentejas y "la del mono blanco" y de ambas nació el relato que más tarde pasó a ser leyenda.

Era principiante, de las que se bajan del autobús con el anorak totalmente abierto, con el gorro ya puesto, con los guantes colgando de la cremallera de un bolsillo, con risa nerviosa y con mirada de descubridora de América. Principiante de las que combinan el material prestado por una compañera de trabajo con las compras en oportunidades del Corte Inglés y con el alquiler de gama baja con las fijaciones sin ajustar. De las que se sienten patosas caminando con las botas todavía sin enganchar. En esos tiempos, la moda imponía las de apertura trasera que, al caminar, hacían del debutante una especie de astronauta pisando pisando fuerte el asfalto al ritmo cansino de un clonc, clonc, clonc característico. "La del mono blanco", que se sabía atractiva, buscaba constantemente la complicidad de su acompañante, principiante también pero de segunda generación: había subido un día "a la nieve" y ya sabía que era blanca y fría y que resbalaba. Poco más le había cundido aquella escapada de domingo con un compañero del instituto con el que se reencontró años después de graduarse.

Todos hemos sido principiantes alguna vez. Ella lo era esa semana. Era debutante adulta.

Cada lunes, los grupos semanales repetían perfiles. Además del solitario, de la familia unida, de los cinco listillos y de la pareja que disfrutaba de su primer viaje en solitario solían destacar los que se habían conocido en el punto de partida, ellos y ellas, y se habían colocado al final del autobús, tonteando desde entonces y convenciendo al guía para que sus habitaciones fuesen contiguas.

Mientras se hacían las lentejas, que habíamos dejado a remojo desde el punto de la mañana hasta nuestra vuelta a las cinco, fuimos poniéndonos al día. Esa semana éramos cinco en el apartamento, ellas dos y nosotros tres. Nos llevábamos bien y aguantábamos sin enfadarnos las bromas que, a veces, eran verdaderas puyas. Había complicidad y nos contábamos casi todo. Sabíamos que algunos de nosotros también teníamos mote.

No recuerdo quién fue a comprar el chorizo pero seguramente no fue el que, tras comprobar que "la del mono blanco" y los otros siete del grupo progresaban correctamente con la cuña, la acompañó en su primer viaje en telesilla. Subir en un remonte es otro de los momentos clave en la vida del principiante. Y más que subir, bajarse al llegar arriba. Durante todo el trayecto a más de cuatro metros del suelo, el máximo temor es "¿qué pasa si no logro bajar?" "¿me pasaré el día subiendo y bajando?". Por ello, salvo los que quieren compartir juntos la incertidumbre y el riesgo de la primera experiencia, los principiantes suelen buscar la complicidad, y la compañía, del profesor. Al final del trayecto y bajarse del telesilla ya habían quedado para esa noche.

Fueron las primeras lentejas y, que yo recuerde, las últimas. Había suficientes cómo para haber invitado a todo el bloque de apartamentos. Olían muy bien. Era plato único así que repetimos antes de tirarnos en los sofás y dejar "para luego" la recogida. Yo las recuerdo cómo exquisitas. Nos dormimos la siesta.

 Esa noche fuimos a un lugar nuevo que nos sugirió Víctor, el remontero al cargo del telesquí de    debutantes. Él también se había fijado en "la del mono blanco". Tenía una paciencia infinita con todos los debutantes a los acompañaba a la carrera en su primer trayecto en telesquí chillándolos dejarse llevar, mirar al frente, no sentarse y no juntar las rodillas. Llegamos los últimos después de vencer a una persistente pereza y a varios platos de lentejas. La idea de casi todos era dar una vuelta y volver pronto. O eso creíamos. Él tenía una cita que no nos había contado pero que sospechábamos.

Quedar con los cursillistas, a pesar de formar parte de la rutina, era tremendamente peligroso. Todo era susceptible de complicarse y solía cumplirse. Todos éramos jóvenes y con ganas de divertirnos. Para ellos eran sus vacaciones y para nosotros un trabajo deseado para esa época de la vida en la que el futuro es sólo mañana. Quedar por las noches, además, servía para suavizar los pequeños problemas que hubiese podido haber durante el día. Era lo que más tarde el marketing llamó herramienta de fidelización.

"La del mono blanco" no llevaba el mono blanco y vestía cómo visten los cursillistas que al llegar a la salida se presentan con la maleta más grande de su trastero. Ropa muy urbana de sábado por la noche. Destacaba del resto y lo buscaba sin disimulo desde la barra y desde la pista. Hasta que, copa en mano, se acercó y nos preguntó por él con media sonrisa y ningún nervio, temerosa del plantón.

Así nació la leyenda de los platos de lentejas.

Evito detalles pero lo recuperé a medio camino entre el cuarto de baño y la salida de emergencia, rogándome que lo acompañara a casa. Maldecía al chorizo, al picante y a su suerte. Ella no nos vio salir, casi huir.





martes, 21 de noviembre de 2017

La espera

Mujer, sola y con capucha, leyendo junto al mar. Al pasar las páginas, piensa en él y recuerda lo que pudo haber sido y, también, lo que fue. El ruido cercano de las olas le ayuda a sonreír. Sigue siendo feliz mientras espera verlo volver.



miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tiempo y distancia

Pese a que aquel día también amaneció despejado, de una manera desconocida e inesperada, la distancia dejó de medirse en kilómetros y empezó a transformarse en días que, más tarde, fueron meses y años. Aún así, creían continuamente compartir la certeza de la fragilidad del tiempo y la esperanza de su espontánea ruptura. 

Desde muy jóvenes habían tejido redes de colores.



lunes, 23 de octubre de 2017

Venta a bordo

La desgana con la que A. empuja el carrito de la venta a bordo y el tono cansino de su “¿desean un zumo o un café?” sólo ha recibido cómo respuesta la sonrisa complaciente de la pareja de padres primerizos, y mayores, que ocupan 1C y 1B y que llevan su donuts y su coca cola de casa.

Son primerizos por el bebé que llevan en sus brazos pero, sobre todo, por sus juegos de miradas, susurros y, sobre todo, por no dejar en paz a la cría que va de brazo en brazo, ahora tapada, ahora despierta, con un pijama de animales y suspirando porque la dejen tranquila en su cochecito que anda aparcado en la zona de minusválidos.

Cuándo los he visto aparecer a eso de las 6:54 he temido lo peor. Pero la niña no ha emitido aún ningún ruido y creo que todos , desde 1A a 12C, vamos a nombrarla pasajera del mes.

Regresa A. con su carrito. La ha reclamado una voz metálica ordenando “¡Tripulación preparen operaciones!” Aún así me ha dado tiempo a comprobar las pocas ganas de vender que, además de la propia A., tienen el diseñador del carrito, el responsable comercial de la subcontrata y hasta el mismísimo proveedor de zumos y cafés.

El bebé de 1B no tendrá ni un mes. Apenas puede aún mantener la cabeza erguida ( ya no recuerdo cuando llega ese momento, la verdad). Pero 1B, primeriza de matrícula de honor, tiene tantas ganas de cantarle una canción que la coloca en la mesita y, mirando a los ojos ora de 1C, ora de la cría, la somete a un trote, que acaba en puro galope sioux y con el cuello de la niña que no sabe si seguir el ritmo del caballo o el del balanceo del tren.

Y entonces, en mitad de un túnel, pasó lo que esperábamos. Lloró.

Dice 4C que el hijo de Mía Farrow parece que es hijo de Frank Sinatra. 4B ríe y afirma que eso no lo sabíamos. Toma tú.



sábado, 5 de agosto de 2017

Experiencia de compra

La culpa no fue del Cha Cha Cha sino de Enrique Iglesias y su "experiencia religiosa". Fue un adelantado y un precursor del mundo experiencias.

Leo:

"Hoy el consumidor busca vivir una experiencia de compra diferente cuándo va al súper y, por eso, todas las cadenas están mejorando sus espacios e incorporando servicios para fidelizarlos, como puestos de degustación: secciones de productos premium o robots que asesoran sobre los productos"

Y pienso:

Debo de ser muy raro o ya estoy fuera.

¿Y yo que cuando voy al súper es por pura necesidad de hacer la compra para llenar la nevera y despensa, que me hago el remolón hasta que no queda más remedio, que elijo aquel en el que la pueda hacer más rápido y económico con una calidad aceptable, que recorro cómo un autómata los pasillos repitiendo el mismo circuito que la vez anterior, que, en un enorme porcentaje, repito los mismos productos, que intento esquivar todo aquello que sospecho me quieren encasquetar y que, al salir, siento una especie de liberación?

¿O acaso es esta liberación tras el paso por la cajera la verdadera "experiencia de compra diferente"?

Decididamente, eso de buscar una experiencia de compra, expresión, por cierto, un tanto cursi y pretenciosa, traducción literal de un término marketiniano anglosajón, lo dejo mejor para actividades que realmente merecen la pena.

Vivir una experiencia en Mercadona no lo es. Aunque los Pegamoides ya lo cantaron antes.

Por cierto, ¿se incluye en el proceso de experiencia de compra el momento de llegar a casa, descargar las bolsas del coche, subir a la cocina, sacar, desembalar y ordenar todo?