Aquella mañana era diferente. Desde el muelle, pero aún sin alejarse, ella esperaba junto a tres maletas de viaje, vestida de calle y cubierta con un sombrero. Lo miraba ir y venir y, mientras, yo imaginaba en qué estaría pensando. Él revisaba una y otra vez que el barco quedara bien asegurado y amarrado a puerto. Desde hacía semanas, durante las horas que coincidían con mi jornada de trabajo, había seguido el ritmo de su jornada o, lo que es lo mismo, de su vida. Siempre hay actividad a bordo de un barco pero ellos eran diferentes porque eran, o parecían ser, los dueños del barco y, por lo tanto, de su vida.
El suyo era diferente y, sin destacar, llamaba la atención entre tanto despilfarro y ostentación de los macro yates qataríes. En pocos metros, a la vista de todos, convivían el sueño de una conversación de enamorados junto con la frivolidad y la exhibición de diseño del nuevo rico. Los pies en la tierra frente a los aires de grandeza. Lo real frente lo artificial. El suyo era un barco de placer, de 12 metros de eslora, con bandera británica. Motor, vela y una zodiac protegida en cubierta. Un barco con el puente mando demasiado alto con respecto al tamaño del barco. Un puente de mando abierto hacia la popa desde el que se gira orgulloso su patrón al alejarse del puerto. Un barco cómo los de esas películas en las que sucede algo terrible en el mar ya sea una tempestad nocturna con olas que nunca terminan, ya sea un asesinato y una desaparición a bordo en mitad de la bruma o ya sea un ataque de un tiburón gigante que devora una jaula dónde uno trata de hacer fotos. Un barco que se balancea más de lo normal en cuanto el mar no está en calma.
Suelo observar a la gente e imaginar cómo ha sido su vida inmediatamente anterior al instante de cruzarse en la mía. De dónde vienen, con quién han estado, a qué se dedican, por qué están delante de mí en ese momento o hacia dónde se dirigen. A ellos llevaba días imaginándolos dejando atrás su casa en algún lugar indefinido de Inglaterra. Pensé en su casa de dos pisos, de ladrillo rojizo, con un pequeño jardín en la entrada, alineada con infinidad de adosados idénticos a lo largo de una calle que, de vez en cuando, recorre el mismo autobús. Sus vecinos, sus rutinas. Una casa con escalera interior y con un perchero a la derecha. Una casa en una pequeña ciudad costera con lluvia y gaviotas. Dice Ricardo, cantando con Jimena, que "allí las playas ni siquiera tienen arena". Tal vez por eso se fueron.
Los imaginé hace unos años, en una comida de domingo, anunciando a sus dos hijos y a algunos de sus nietos que se iban a embarcar y que, a partir de ese momento, tendrían que buscarlos en los puertos. Volverían de vez en cuando, abrirían las ventanas de la casa para ventilar y organizarían otra comida de domingo. No los iban a dejar solos.
Aquella mañana, recuperadas sus ropas y calzado de ciudad, era el preludio de una de esas vueltas que tenían que hacer de vez en cuando, al menos dos veces al año. Los veía incómodos, forzados, sabiendo que tenían que dirigirse a un aeropuerto con vuelos low cost a cruzarse con compatriotas que llegaban en búsqueda de una semana de barra libre y a subirse a ese mismo avión rumbo a Manchester, Bristol o Birmingham. Aunque con muchas ganas de rencontrarse con los suyos, era el día de volver, por unos días, a lo que en su día decidieron dejar atrás. Ni siquiera su estancia en los puertos los acercaba a esa rutina ni a ese gris. Rara vez salían de los muelles si estos eran urbanos. Si acaso a un supermercado cercano. Vivían a bordo dónde siempre había algo que hacer.
Habían elegido el barco cómo otros eligen un cochecasa u otros restauran una borda en un pueblo abandonado. Habían elegido un sueño, el suyo. Tal vez lo idearon cuando de jóvenes coincidieron en una fiesta de verano y él la acompañó a casa por primera vez, temeroso de darle el primer beso que, por otra parte, ella esperaba. O quizás se habían reencontrado después de muchos años durante los cuales se buscaron sólo en sus recuerdos pero siempre con esperanza. Lo que resultaba evidente es que habían llegado a ese momento de la vida en el que uno se da cuenta de todo lo que le sobra y de lo poco que hace le falta. Habían llegado juntos. Y eso era lo único que les hacía falta.
Solían desayunar, comer y cenar en cubierta y nunca los vi en el bar del puerto en el que pasaban las tardes los tripulantes de los otros barcos, todos empleados, todos extranjeros. Estos eran más jóvenes y se buscaban entre si. Tal vez ese bar no era lo que ellos necesitaban porque no les gustaba esa pantalla gigante en la que, a todas horas, sonaba algo que nadie escuchaba y, menos aún, miraba. A ellos los trataban con cariño y con respeto pero formaban parte de mundos diferentes. Su barco, mucho más pequeño y austero que el resto, era el único que no dejaba de balancearse incluso con el mar totalmente en calma. En eso también era diferente.
Alejarse era dejar el barco solo y él no paraba de amarrarlo una y otra vez. Por un momento pensé que sólo buscaba una excusa, un argumento, para suspender el viaje. Seguro que la noche anterior lo hablaron. Cuántos viajes se hubiesen suspendido si se hubiera hecho caso a las conversaciones y a los temores de las vísperas. Me ausenté de mi ventana y, al volver, ya no estaban.
Desde ese día, cada mañana miré al barco y comprobé que todo seguía igual. Ellos no lo sabían pero lo vigilaba.
Todos los barcos tienen nombre.
El suyo se llama Beau Jolie
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