Pensó que debía escribir una carta y ordenó mentalmente sus ideas. Buscó su dirección y redactó educada, directa y convincentemente, a mano y con su mejor letra, todo aquello que le dictaron cabeza y corazón. Solía utilizar papel crema verjurado de alto gramaje y sobre americano a juego. Con algo de suerte no hubo tachones y lo logró a la primera. No le gustó cómo quedó escrita la dirección en el sobre y tuvo que volver a hacerlo. También puso el remite por detrás aunque con menos esmero. Lo último era ir a un estanco a pedir un sello. Todos los estancos solían oler igual. La estanquera sacó de un cajón una carpeta azul de cartón, bastante usada, y de ella una gran sábana de sellos. Pagó con monedas y, apoyado en el mostrador, pasó la lengua por el reverso de uno de ellos que conmemoraba algún centenario de algún monumento de alguna ciudad de interior. Lo colocó en el ángulo superior derecho del sobre y buscó un buzón. Confirmó el horario de recogidas y se despidió de la carta confiando en que fuese la definitiva. Sonó el metal que protegía la boca de envíos nacionales.
Días después recibió su contestación y sólo eso ya fue suficiente. Faltaba conocer el contenido. Lo leyó en la intimidad. Una y otra vez.
Hoy en día, con mil excusas poco convincentes, ya muy pocos contestan y eso explica muchas cosas.
#SacaLaFelicidadAPasear
miércoles, 9 de septiembre de 2020
Cartas, respuestas y silencios
domingo, 6 de septiembre de 2020
El Pirineo. Un sueño infinito (2)
Habían pasado doce meses de los cuales nos hubiese gustado borrar los cinco últimos.
Un año antes nos habíamos citado en el mismo lugar. Eso era lo más seguro que teníamos. Nada ni nadie lo debía impedir. Lo que no sospechamos es que lo último que íbamos a hacer antes de volver a caminar de este a oeste el Pirineo era quitarnos una mascarilla. O una puta mascarilla que es cómo se las conoce popularmente porque, se pongan cómo se pongan, aunque obligatorias y aconsejables son un coñazo.
Nos taparán la cara ocultando sonrisas pero no nos robarán ni las pisadas ni las huellas.
Así lo hicimos. Las guardamos en alguno de los compartimentos de la mochila y quedó aparcado el Covid. O la Covid. O cómo quieran llamarlo. No volvimos a hablar de él hasta que terminamos. Es una de las ventajas del aislamiento natural no forzado y de la falta de información constante.
“-¡Viva la falta de cobertura, Movistar!”
Somos animales sociales y rápidamente nos acostumbramos y nos adaptamos al medio en el que estamos. Ni una palabra, ni un pronóstico, ni un recuerdo de esos tristes meses de primavera. Ni un comentario acerca de la enésima ocurrencia de los que nos gobiernan, de los que se oponen y de los que comentan en las tertulias. Ni un sólo tuit. Ni una estadística. Nos sobra mucho ahí fuera, incluso nos sobran muchos, y con qué poco se puede disfrutar tanto.
Subimos y bajamos y nos cruzamos con otros que también lo hacían. Valoramos lo cercano y lo inmediato, lo auténtico y lo sencillo, lo que realmente merece la pena para seguir descubriendo la belleza que nos rodea y la felicidad del esfuerzo personal compartido. Nos ayudaron sin tener que solicitarlo y compartimos con los que creímos que lo necesitaban.
Se mantiene y perdura, a pesar de todo, el hábito del saludo al cruzarse con alguien. Sea en el idioma que sea: el va dónde tú vienes. Ambos conocemos una parte, la que el otro desconoce. Ella era alemana y llevaba muchas semanas sola. Nos entretuvimos un rato compartiendo lo que sabíamos del recorrido que le faltaba. Tenía ganas de llegar al Cantábrico para bañarse.
“-En unos días estás en el Cabo de Higuer. Acampa junto al mar y podrás bajar a bañarte.
- Eso es fantástico.”
Realmente le quedaba más de lo estimado pero eso no le importaba. Son encuentros cortos e inesperados que cuentan como horas.
Disfrutamos de la belleza de la tormenta que no acaba y del inesperado frío de la madrugada cuando aún el sol duda entre sonreír o simplemente guiñar con complicidad entre nubes que se agarran a las cimas. Del barro y del calor. Del amanecer y de pelar un melocotón en la orilla de un río. De las rocas y las cumbres. De bajadas infinitas y del peso de la mochila. De las vacas y de las distancias que no acababan. Del agua fría y del cansancio. Del almuerzo de media mañana y del sonido de la alborada.
Salimos de Ochagavía y tuvimos que parar en Respomuso mirando al Tebarray y a las tormentas seguras. Ya estamos citados de nuevo y ojalá pudiésemos volver a coincidir con el francés de Saint Jean Pied de Port que nan tiene su tienda para peregrinos, con los cinco vascos de Elgoibar, más jóvenes y más rápidos, con Carlos, el de la tienda ligera que nos calentó agua una muy fría mañana, con María, la profesora que amaneció entre vacas y retó a la tormenta, con los que nos dieron todo su agua en el refugio de Aguas Tuertas...
Hay tanto que recorrer y tanto que contar. Míralo.
#SacaLaFelicidadAPasear
