Antes de salir, en algún libro había leído que, al atravesar el túnel de la Foz de Lumbier dejaríamos de recibir luz por delante y por detrás. Entonces, en plena oscuridad y a pesar de seguir pedaleando, perderíamos el equilibrio. Sin remedio, echaríamos el pie a tierra.
No recuerdo bien en qué momento nos fijamos en él. Podría haber compartido vagón con nosotros desde el inicio o podría haberse subido en la última estación. Me extrañó no haberme detenido antes en él ya que acostumbro a fijarme, analizar e imaginar historias de todo aquel que me acompaña, anónimamente, en un viaje. En su caso, no apareció ante mi hasta que se dirigió a nosotros.
Sentados en el suelo del andén, Rafa y yo estuvimos esperando pacientemente la salida del Canfranero de la vieja estación de El Portillo de Zaragoza. Puede que sea este tren lo único que no ha evolucionado desde entonces ya que tanto su recorrido hasta Jaca y Canfranc cómo su material mucho me temo que siguen siendo los mismos que hace veintiocho años. Dejamos las bicicletas en el compartimento indicado y nos dispusimos a pasar las horas hasta destino recorriendo Huesca de sur a norte.
Separados por un pasillo que sólo recorría el revisor, iba sentado junto a nosotros en ese tipo de butacas que enfrentaban a cuatro viajeros. Iba solo y, por lo tanto, ni había saludado ni había pedido a nadie con la mirada que bajase los pies del sillón. Las ventanas de aquellos trenes aún se abrían aunque hubiese que forzar un poco el mecanismos de arriba hacia abajo. Las cortina de los asientos anteriores no dejaban de volar porque nadie se levantaba a cerrar la ventana de un tren en pleno verano. Los asientos de skay de color burdeos que imitaban al cuero no disponían de apoyabrazos centrales y en ellos siempre había alguien que había dejado la quemadura intencionada de algún Ducados. Y los quintos del 85 una pintada. Y Pablo amaría por siempre a Patri.
Siempre olía igual en esos trenes y siempre tenían retraso.
Cuando de repente se dirigió a nosotros por nuestros nombres nos dimos cuenta de que había estado escuchando todas nuestras conversaciones. Seguramente escuchó cómo le conté a Rafa que una de nuestras travesuras de juventud consistía en bajar hasta a las vías de cerca de nuestra casa, esperar que llegase a lo lejos un tren, colocar una moneda de 25 pesetas en uno de los raíles y esperar que el mercancías la chafase para después levantarla, totalmente plana y lisa, como gran trofeo.
Hablaba con enorme corrección. Nos doblaba en edad por lo que dirigió la conversación por dónde quiso, nos fue preguntando sin que le diésemos importancia a las respuestas. Para crear mayor cercanía y complicidad nos contó que había tenido un accidente y que, pese a las lesiones evidentes en una de sus piernas, iba a llegar a Santiago con su bicicleta y a su ritmo. No tenía prisa pero quería llegar. Fue más tarde cuando descubrimos su rudimentaria BH equipada con un cajón de plástico de frutería sobre el transportín.
Llegamos a Canfranc habiéndole contado nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro esperado y sin tener ni idea de quién era él. Logró crear confianza. Era evidente que allí, al iniciar la bajada hasta Jaca, se separarían nuestros caminos y nuestras vidas. Ya hablaríamos de él después de cenar en aquel bar de la calle Ramón y Cajal, junto al Ayuntamiento y la Torre de la Cárcel. El primero que encontramos. Las cervezas hicieron el resto y nos centramos en él, en su bicicleta imposible, en hasta dónde llegaría y en qué habría sido de él esa noche ya que no estaba en nuestro albergue. Es muy posible que hasta riésemos de algún detalle de su equipaje.
Durante muchos años recorrí casi a diario esa misma calle sin dejar de mirar la entrada del Bar Marboré.
Pedaleamos durante varios días por el Camino aragonés hasta empalmar en Puente la Reina con el francés suponiendo que siempre iría por detrás de nosotros. No viajábamos rápido e incluso nos perdimos en el entorno del pantano de Yesa y el pueblo de Artieda. No recuerdo dónde pero una tarde descubrimos su bicicleta al llegar a nuestro final de etapa. Allí estaba, apoyada contra la pared, y él ya deshaciendo su curioso equipaje en una litera. Nos reconocimos de inmediato y nos saludamos, él tan tranquilo, extrañados nosotros. No era posible. Ni podía habernos adelantado ni le habíamos visto en varios días.
Esa noche cenamos con él en la mesa de fuera del albergue. Era julio y el sol tardaba en desaparecer. Nos confesó que por culpa de la lesión había acortado alguna etapa en autobús. Retomó la conversación del tren cómo si no hubiesen pasado días. Hacía un mes escaso que habíamos acabado nuestras carreras universitarias y disponíamos de largos meses por delante antes de incorporarnos al servicio militar aún obligatorio. Ninguno teníamos muy claro dónde queríamos empezar a trabajar. Lo veíamos aún lejano y no sentíamos ninguna presión pese a ser de una generación en la que se nos intentó inculcar el triunfo profesional y económico cómo la base toda felicidad. Eran los años de los Mario Conde, Abelló y los Albertos, previos a la crisis de 1993.
El tipo era de los que cualquiera incluiría en la categoría de raro pero con gran cultura y curiosidad. Preguntaba con sentido. A algún sitio quería llegar pero no éramos capaces de ubicarlo en ningún universo concreto.
Los tres éramos conscientes de que nuestros caminos se habían cruzado por azar y pronto se iban a separar pero sentíamos que algo de nosotros le interesaba. La conversación posterior a la cena iba perdiendo interés y los silencios eran cada vez mayores. Ya habíamos repasado todo y Rafa y yo ya comenzábamos a dejarlo fuera de nuestros diálogos. Analizábamos las siguientes etapas y no contábamos con él. Mientras recogía sus restos de la cena presentí que iba a decirnos algo. Que tenía ganas de descubrirnos lo que habíamos sido incapaces de preguntar.
"Si cuándo acabéis y volváis a casa os interesa trabajar, venid a verme. Tal vez os interese. Contamos con muchos licenciados cómo vosotros"
Nos dio una sola tarjeta de visita estropeada por el tiempo.
No nos interesó saber quién era él porque lo que bloqueó nuestra mirada fue un logotipo y una palabra.
CESID.
No volvimos a vernos.
miércoles, 29 de agosto de 2018
sábado, 12 de mayo de 2018
Sonidos de barra de bar
De fondo, violentamente, la camarera golpea dos veces el portacacillos para vaciarlo y después darle marcha a la salida de vapor de la cafetera, de marca siempre italiana.
Sonidos de barra de bar en la que, en uno de sus extremos, siempre hay un hombre solitario que lee el Marca, sobado ya por varias manos y con las esquinas dobladas, antes de subir a su oficina.
Al acabar, suena el impacto de una moneda contra el mármol.
"Hasta luego, Elisa"
Sonidos de barra de bar en la que, en uno de sus extremos, siempre hay un hombre solitario que lee el Marca, sobado ya por varias manos y con las esquinas dobladas, antes de subir a su oficina.
Al acabar, suena el impacto de una moneda contra el mármol.
"Hasta luego, Elisa"
domingo, 15 de abril de 2018
La tristeza viaja en tren de cercanías
Eran dos más esperando en el andén aunque seguramente eran los únicos a los que no les interesaba el destino del próximo tren. En ese tipo de andenes los trenes llegan y se van sin la emoción que produce un viaje, incluso los no deseados. No hay origen y el destino es indiferente. Llegan y parten dando la espalda cómo el mal amigo o el amor incomprendido. En realidad no creo que ellos estuvieran esperando tren alguno sino, más bien, un refugio transitorio. Hasta ese momento nadie había reparado en ellos. Yo tampoco. Hacía tiempo que habían dejado de confiar en algo o, más aún, en alguien. Ni siquiera en el destino. Su billete, si lo tuviesen, no los llevaba a ningún lado.
Quién sabe los motivos que los trajeron hasta aquí y si alguna vez habrán pensado en volver. Tal vez ni siquiera huyeron juntos de su ciudad natal, de su entorno y de su gente. Tal vez no sean del mismo lugar y se hayan conocido después. Tal vez no compartían nada. Hay quien huye por necesidad, por acoso, por desengaños, por hartazgo, por aventura. Y hay quien escapa porque sí, porque no era su sitio que en algún lugar ha de estar.
No fue hasta que se cerraron las puertas del vagón cuando se convirtieron en el centro de atención del resto de los que estábamos en ese tren. Tras el misterio que sigue al cerrar de las puertas y entre el traqueteo inicial, de la nada surgió un acordeón y un amplificador y, sin perder mucho tiempo, en un movimiento rutinario pero no ensayado, rompiendo el triste silencio de un vagón de cercanías, empezó a sonar el mismo tema que, seguramente, llevaba repitiendo desde el punto de la mañana. Su jornada habría empezado lejos, quién sabe en qué línea, y acabaría cuando la recaudación los alcanzase para cubrir los gastos del día. Pensé dónde habrían dormido, qué habrían desayunado y si su pequeño patrimonio personal se limitaría a lo poco que arrastraban protegido por bolsas de supermercado de barrio. Pensé dónde acabarían el día. O la vida.
Sonaba mal. Realmente mal. Incluso fatal. Intentaba camuflar su evidente falta de destreza musical, así cómo su falta del más mínimo sentido del ritmo, con el exagerado volumen de su amplificador. Enseguida me acordé del tío de la cabra que, hace ya muchos años, todos los sábados, pasado el mediodía, ocupaba la esquina de casa de mis padres con insufribles solos de trompeta mezclados con pasodobles al teclado.
Él asumía sólo la parte artística de la efímera actuación entre estaciones: tocaba el acordeón, regulaba la intensidad del acompañamiento y cantaba, o más bien susurraba cansinamente, la Lambada, tema con tintes brasileños de finales de los ochenta que, paradójicamente, era una especie de exaltación de la felicidad y el buen rollismo veraniego. Recuerdo estar cruzando el Pont Neuf en París y ver navegar por debajo de mi un bâteau mouche que sirvía de escenario para la grabación de un vídeo de la canción que popularizó el grupo Kaoma. Era otra época pero, sobre todo, eran otros intérpretes.
Intenté adivinar su origen fijándome en sus rasgos, acento o incluso la marca del acordeón. No lo conseguí.
En el vagón, frente a ellos, una mujer sola, que había debido terminar su turno en algún comercio cercano y volvía a casa después de haber hecho la compra, miraba sin escuchar. Un hombre, que parecía ir al aeropuerto, tiraba con desgana de una enorme maleta con la que regresaba a su país y los sonreía mientras entendía su tristeza. Más allá, otro hombre, cansado y que volvía con su hijo del colegio y al que ayudaba con los deberes, seguramente maldecía su suerte y la de ellos. Una pareja envuelta en su rutina, no se sabe si felices o enfadados, pero con destino desconocido, se acariciaba las manos mirando por la ventanilla un paisaje de hierros, luminosos y atascos. Una madre y su hijo adolescente se intercambiaban secretos vía whatsapp ajenos a todo lo que sucedía.
Ella no participaba y ni siquiera lo miraba. Fijaba la mirada en el suelo calculando en qué momento debía empezar a buscar la complicidad previa a la propina. Al segundo estribillo era su momento.
Era media tarde y el cambio de hora había retrasado el anochecer. El trayecto alternaba túneles, estaciones y apeaderos, atravesando todo el entorno trasero de la ciudad, todo ese mundo cuyo pésimo diseño y mantenimiento permanece oculto excepto para los pasajeros de los trenes de cercanías que viajan en la ventanilla. Lo que no se ve, no se cuida y lo que no se cuida se deja pronto de ver. Muchos, incluso los que están hartos de verlo a diario, deben pensar que no existe.
Mientras él trataba de llegar al final de la canción antes de que las puertas se abriesen en la siguiente parada, ella sacaba su mejor sonrisa, pasaba el platillo y deseaba repetidamente buen viaje a todo aquel que, al menos, le mantenía la mirada. Aún así eran pocos los que al menos daban las gracias y menos aún los que hacían ademán de buscar entre los bolsillos. No eran artistas y no buscaban el aplauso ni la admiración de la gente sino subsistir así que necesitaban la voluntad. Todos nos íbamos a ir bajando en algún momento pero ellos volverían a cambiar de andén, quién sabe si de línea, y volverían a empezar.
Y nuevamente serían extraños en un andén esperando al siguiente.
Nadie, salvo la tristeza, viaja en tren de cercanías.
Quién sabe los motivos que los trajeron hasta aquí y si alguna vez habrán pensado en volver. Tal vez ni siquiera huyeron juntos de su ciudad natal, de su entorno y de su gente. Tal vez no sean del mismo lugar y se hayan conocido después. Tal vez no compartían nada. Hay quien huye por necesidad, por acoso, por desengaños, por hartazgo, por aventura. Y hay quien escapa porque sí, porque no era su sitio que en algún lugar ha de estar.
No fue hasta que se cerraron las puertas del vagón cuando se convirtieron en el centro de atención del resto de los que estábamos en ese tren. Tras el misterio que sigue al cerrar de las puertas y entre el traqueteo inicial, de la nada surgió un acordeón y un amplificador y, sin perder mucho tiempo, en un movimiento rutinario pero no ensayado, rompiendo el triste silencio de un vagón de cercanías, empezó a sonar el mismo tema que, seguramente, llevaba repitiendo desde el punto de la mañana. Su jornada habría empezado lejos, quién sabe en qué línea, y acabaría cuando la recaudación los alcanzase para cubrir los gastos del día. Pensé dónde habrían dormido, qué habrían desayunado y si su pequeño patrimonio personal se limitaría a lo poco que arrastraban protegido por bolsas de supermercado de barrio. Pensé dónde acabarían el día. O la vida.
Sonaba mal. Realmente mal. Incluso fatal. Intentaba camuflar su evidente falta de destreza musical, así cómo su falta del más mínimo sentido del ritmo, con el exagerado volumen de su amplificador. Enseguida me acordé del tío de la cabra que, hace ya muchos años, todos los sábados, pasado el mediodía, ocupaba la esquina de casa de mis padres con insufribles solos de trompeta mezclados con pasodobles al teclado.
Él asumía sólo la parte artística de la efímera actuación entre estaciones: tocaba el acordeón, regulaba la intensidad del acompañamiento y cantaba, o más bien susurraba cansinamente, la Lambada, tema con tintes brasileños de finales de los ochenta que, paradójicamente, era una especie de exaltación de la felicidad y el buen rollismo veraniego. Recuerdo estar cruzando el Pont Neuf en París y ver navegar por debajo de mi un bâteau mouche que sirvía de escenario para la grabación de un vídeo de la canción que popularizó el grupo Kaoma. Era otra época pero, sobre todo, eran otros intérpretes.
Intenté adivinar su origen fijándome en sus rasgos, acento o incluso la marca del acordeón. No lo conseguí.
En el vagón, frente a ellos, una mujer sola, que había debido terminar su turno en algún comercio cercano y volvía a casa después de haber hecho la compra, miraba sin escuchar. Un hombre, que parecía ir al aeropuerto, tiraba con desgana de una enorme maleta con la que regresaba a su país y los sonreía mientras entendía su tristeza. Más allá, otro hombre, cansado y que volvía con su hijo del colegio y al que ayudaba con los deberes, seguramente maldecía su suerte y la de ellos. Una pareja envuelta en su rutina, no se sabe si felices o enfadados, pero con destino desconocido, se acariciaba las manos mirando por la ventanilla un paisaje de hierros, luminosos y atascos. Una madre y su hijo adolescente se intercambiaban secretos vía whatsapp ajenos a todo lo que sucedía.
Ella no participaba y ni siquiera lo miraba. Fijaba la mirada en el suelo calculando en qué momento debía empezar a buscar la complicidad previa a la propina. Al segundo estribillo era su momento.
Era media tarde y el cambio de hora había retrasado el anochecer. El trayecto alternaba túneles, estaciones y apeaderos, atravesando todo el entorno trasero de la ciudad, todo ese mundo cuyo pésimo diseño y mantenimiento permanece oculto excepto para los pasajeros de los trenes de cercanías que viajan en la ventanilla. Lo que no se ve, no se cuida y lo que no se cuida se deja pronto de ver. Muchos, incluso los que están hartos de verlo a diario, deben pensar que no existe.
Mientras él trataba de llegar al final de la canción antes de que las puertas se abriesen en la siguiente parada, ella sacaba su mejor sonrisa, pasaba el platillo y deseaba repetidamente buen viaje a todo aquel que, al menos, le mantenía la mirada. Aún así eran pocos los que al menos daban las gracias y menos aún los que hacían ademán de buscar entre los bolsillos. No eran artistas y no buscaban el aplauso ni la admiración de la gente sino subsistir así que necesitaban la voluntad. Todos nos íbamos a ir bajando en algún momento pero ellos volverían a cambiar de andén, quién sabe si de línea, y volverían a empezar.
Y nuevamente serían extraños en un andén esperando al siguiente.
Nadie, salvo la tristeza, viaja en tren de cercanías.
domingo, 18 de marzo de 2018
Todos los barcos tienen nombre
Aquella mañana era diferente. Desde el muelle, pero aún sin alejarse, ella esperaba junto a tres maletas de viaje, vestida de calle y cubierta con un sombrero. Lo miraba ir y venir y, mientras, yo imaginaba en qué estaría pensando. Él revisaba una y otra vez que el barco quedara bien asegurado y amarrado a puerto. Desde hacía semanas, durante las horas que coincidían con mi jornada de trabajo, había seguido el ritmo de su jornada o, lo que es lo mismo, de su vida. Siempre hay actividad a bordo de un barco pero ellos eran diferentes porque eran, o parecían ser, los dueños del barco y, por lo tanto, de su vida.
El suyo era diferente y, sin destacar, llamaba la atención entre tanto despilfarro y ostentación de los macro yates qataríes. En pocos metros, a la vista de todos, convivían el sueño de una conversación de enamorados junto con la frivolidad y la exhibición de diseño del nuevo rico. Los pies en la tierra frente a los aires de grandeza. Lo real frente lo artificial. El suyo era un barco de placer, de 12 metros de eslora, con bandera británica. Motor, vela y una zodiac protegida en cubierta. Un barco con el puente mando demasiado alto con respecto al tamaño del barco. Un puente de mando abierto hacia la popa desde el que se gira orgulloso su patrón al alejarse del puerto. Un barco cómo los de esas películas en las que sucede algo terrible en el mar ya sea una tempestad nocturna con olas que nunca terminan, ya sea un asesinato y una desaparición a bordo en mitad de la bruma o ya sea un ataque de un tiburón gigante que devora una jaula dónde uno trata de hacer fotos. Un barco que se balancea más de lo normal en cuanto el mar no está en calma.
Suelo observar a la gente e imaginar cómo ha sido su vida inmediatamente anterior al instante de cruzarse en la mía. De dónde vienen, con quién han estado, a qué se dedican, por qué están delante de mí en ese momento o hacia dónde se dirigen. A ellos llevaba días imaginándolos dejando atrás su casa en algún lugar indefinido de Inglaterra. Pensé en su casa de dos pisos, de ladrillo rojizo, con un pequeño jardín en la entrada, alineada con infinidad de adosados idénticos a lo largo de una calle que, de vez en cuando, recorre el mismo autobús. Sus vecinos, sus rutinas. Una casa con escalera interior y con un perchero a la derecha. Una casa en una pequeña ciudad costera con lluvia y gaviotas. Dice Ricardo, cantando con Jimena, que "allí las playas ni siquiera tienen arena". Tal vez por eso se fueron.
Los imaginé hace unos años, en una comida de domingo, anunciando a sus dos hijos y a algunos de sus nietos que se iban a embarcar y que, a partir de ese momento, tendrían que buscarlos en los puertos. Volverían de vez en cuando, abrirían las ventanas de la casa para ventilar y organizarían otra comida de domingo. No los iban a dejar solos.
Aquella mañana, recuperadas sus ropas y calzado de ciudad, era el preludio de una de esas vueltas que tenían que hacer de vez en cuando, al menos dos veces al año. Los veía incómodos, forzados, sabiendo que tenían que dirigirse a un aeropuerto con vuelos low cost a cruzarse con compatriotas que llegaban en búsqueda de una semana de barra libre y a subirse a ese mismo avión rumbo a Manchester, Bristol o Birmingham. Aunque con muchas ganas de rencontrarse con los suyos, era el día de volver, por unos días, a lo que en su día decidieron dejar atrás. Ni siquiera su estancia en los puertos los acercaba a esa rutina ni a ese gris. Rara vez salían de los muelles si estos eran urbanos. Si acaso a un supermercado cercano. Vivían a bordo dónde siempre había algo que hacer.
Habían elegido el barco cómo otros eligen un cochecasa u otros restauran una borda en un pueblo abandonado. Habían elegido un sueño, el suyo. Tal vez lo idearon cuando de jóvenes coincidieron en una fiesta de verano y él la acompañó a casa por primera vez, temeroso de darle el primer beso que, por otra parte, ella esperaba. O quizás se habían reencontrado después de muchos años durante los cuales se buscaron sólo en sus recuerdos pero siempre con esperanza. Lo que resultaba evidente es que habían llegado a ese momento de la vida en el que uno se da cuenta de todo lo que le sobra y de lo poco que hace le falta. Habían llegado juntos. Y eso era lo único que les hacía falta.
Solían desayunar, comer y cenar en cubierta y nunca los vi en el bar del puerto en el que pasaban las tardes los tripulantes de los otros barcos, todos empleados, todos extranjeros. Estos eran más jóvenes y se buscaban entre si. Tal vez ese bar no era lo que ellos necesitaban porque no les gustaba esa pantalla gigante en la que, a todas horas, sonaba algo que nadie escuchaba y, menos aún, miraba. A ellos los trataban con cariño y con respeto pero formaban parte de mundos diferentes. Su barco, mucho más pequeño y austero que el resto, era el único que no dejaba de balancearse incluso con el mar totalmente en calma. En eso también era diferente.
Alejarse era dejar el barco solo y él no paraba de amarrarlo una y otra vez. Por un momento pensé que sólo buscaba una excusa, un argumento, para suspender el viaje. Seguro que la noche anterior lo hablaron. Cuántos viajes se hubiesen suspendido si se hubiera hecho caso a las conversaciones y a los temores de las vísperas. Me ausenté de mi ventana y, al volver, ya no estaban.
Desde ese día, cada mañana miré al barco y comprobé que todo seguía igual. Ellos no lo sabían pero lo vigilaba.
Todos los barcos tienen nombre.
El suyo se llama Beau Jolie
El suyo era diferente y, sin destacar, llamaba la atención entre tanto despilfarro y ostentación de los macro yates qataríes. En pocos metros, a la vista de todos, convivían el sueño de una conversación de enamorados junto con la frivolidad y la exhibición de diseño del nuevo rico. Los pies en la tierra frente a los aires de grandeza. Lo real frente lo artificial. El suyo era un barco de placer, de 12 metros de eslora, con bandera británica. Motor, vela y una zodiac protegida en cubierta. Un barco con el puente mando demasiado alto con respecto al tamaño del barco. Un puente de mando abierto hacia la popa desde el que se gira orgulloso su patrón al alejarse del puerto. Un barco cómo los de esas películas en las que sucede algo terrible en el mar ya sea una tempestad nocturna con olas que nunca terminan, ya sea un asesinato y una desaparición a bordo en mitad de la bruma o ya sea un ataque de un tiburón gigante que devora una jaula dónde uno trata de hacer fotos. Un barco que se balancea más de lo normal en cuanto el mar no está en calma.
Suelo observar a la gente e imaginar cómo ha sido su vida inmediatamente anterior al instante de cruzarse en la mía. De dónde vienen, con quién han estado, a qué se dedican, por qué están delante de mí en ese momento o hacia dónde se dirigen. A ellos llevaba días imaginándolos dejando atrás su casa en algún lugar indefinido de Inglaterra. Pensé en su casa de dos pisos, de ladrillo rojizo, con un pequeño jardín en la entrada, alineada con infinidad de adosados idénticos a lo largo de una calle que, de vez en cuando, recorre el mismo autobús. Sus vecinos, sus rutinas. Una casa con escalera interior y con un perchero a la derecha. Una casa en una pequeña ciudad costera con lluvia y gaviotas. Dice Ricardo, cantando con Jimena, que "allí las playas ni siquiera tienen arena". Tal vez por eso se fueron.
Los imaginé hace unos años, en una comida de domingo, anunciando a sus dos hijos y a algunos de sus nietos que se iban a embarcar y que, a partir de ese momento, tendrían que buscarlos en los puertos. Volverían de vez en cuando, abrirían las ventanas de la casa para ventilar y organizarían otra comida de domingo. No los iban a dejar solos.
Aquella mañana, recuperadas sus ropas y calzado de ciudad, era el preludio de una de esas vueltas que tenían que hacer de vez en cuando, al menos dos veces al año. Los veía incómodos, forzados, sabiendo que tenían que dirigirse a un aeropuerto con vuelos low cost a cruzarse con compatriotas que llegaban en búsqueda de una semana de barra libre y a subirse a ese mismo avión rumbo a Manchester, Bristol o Birmingham. Aunque con muchas ganas de rencontrarse con los suyos, era el día de volver, por unos días, a lo que en su día decidieron dejar atrás. Ni siquiera su estancia en los puertos los acercaba a esa rutina ni a ese gris. Rara vez salían de los muelles si estos eran urbanos. Si acaso a un supermercado cercano. Vivían a bordo dónde siempre había algo que hacer.
Habían elegido el barco cómo otros eligen un cochecasa u otros restauran una borda en un pueblo abandonado. Habían elegido un sueño, el suyo. Tal vez lo idearon cuando de jóvenes coincidieron en una fiesta de verano y él la acompañó a casa por primera vez, temeroso de darle el primer beso que, por otra parte, ella esperaba. O quizás se habían reencontrado después de muchos años durante los cuales se buscaron sólo en sus recuerdos pero siempre con esperanza. Lo que resultaba evidente es que habían llegado a ese momento de la vida en el que uno se da cuenta de todo lo que le sobra y de lo poco que hace le falta. Habían llegado juntos. Y eso era lo único que les hacía falta.
Solían desayunar, comer y cenar en cubierta y nunca los vi en el bar del puerto en el que pasaban las tardes los tripulantes de los otros barcos, todos empleados, todos extranjeros. Estos eran más jóvenes y se buscaban entre si. Tal vez ese bar no era lo que ellos necesitaban porque no les gustaba esa pantalla gigante en la que, a todas horas, sonaba algo que nadie escuchaba y, menos aún, miraba. A ellos los trataban con cariño y con respeto pero formaban parte de mundos diferentes. Su barco, mucho más pequeño y austero que el resto, era el único que no dejaba de balancearse incluso con el mar totalmente en calma. En eso también era diferente.
Alejarse era dejar el barco solo y él no paraba de amarrarlo una y otra vez. Por un momento pensé que sólo buscaba una excusa, un argumento, para suspender el viaje. Seguro que la noche anterior lo hablaron. Cuántos viajes se hubiesen suspendido si se hubiera hecho caso a las conversaciones y a los temores de las vísperas. Me ausenté de mi ventana y, al volver, ya no estaban.
Desde ese día, cada mañana miré al barco y comprobé que todo seguía igual. Ellos no lo sabían pero lo vigilaba.
Todos los barcos tienen nombre.
El suyo se llama Beau Jolie
viernes, 2 de febrero de 2018
Imaginación, talento y trabajo
Hace un tiempo, el máximo responsable de un club de la ACB de una de las principales ciudades españolas, me comentó: “Ojalá tuviésemos los recursos del Baskonia”
Sin quitar mérito a los que gestionan clubes/marcas llenos de estrellas, solamente la imaginación, el talento y el trabajo consiguen que equipos de ciudades de pequeño tamaño puedan codearse con los grandes generando ingresos y notoriedad.
El Grupo Baskonia Alavés es ejemplo de ello. Radicado en una ciudad de apenas 250.000 habitantes ha conseguido crear una potente marca propia que le permite competir sin complejos con los grandes de Europa sin perder su esencia y su componente humano.
Imaginación, talento y trabajo al servicio de la pasión, haciendo lo que realmente saben.
http://lajugadafinanciera.com/deportivo-alaves-china-red-card/
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