La experiencia ni viene de serie, ni se aprende en la Universidad, ni se compra, ni te cae del cielo, ni te la regalan los amigos. Cuando menos, te la trabajas tú mismo con los años.
La experiencia, esa cualidad que sólo se valora en la adversidad.
#VamosRafa #SoyDeRafa #GraciasRafa
domingo, 29 de enero de 2017
miércoles, 25 de enero de 2017
Y mientras tanto, ahí fuera....
"¿Te imaginas que estás dónde tú quieres estar, te caes y no hay ninguna mano que te ayude? Entonces el dolor es doble"
Escuché esta frase a un paseante anónimo hace un par de semanas mientras corría una mañana soleada, sin cierzo, por la orilla del Canal. Eran cinco y conversaban mientras caminaban. Cinco vidas, cinco historias en cada uno de ellos.
Nos alejamos y ya tuve a qué darle vueltas durante mi ida y mi vuelta. Y desde entonces varias veces al día.
No sé si ayer Mariano lo vio caer pero lo fue a ayudar para que no sufriera. O sufriera menos. Sin conocerlo. Seguramente le dio tiempo a pensar que era injusto. Seguramente su mujer, Isabel, lo miró angustiada.
A ese hombre, mayor, lo estaban agrediendo en Getafe. Impunemente, en plena tarde y a las puertas de una parada de Metro.
Mariano era un hombre trabajador, afable, responsable y bueno. Formaba parte de eso llaman "la gente" y que a muchos les viene muy grande. Se acercó a ayudar, a poner cordura, sentido común. Y ya no está.
Escuché esta frase a un paseante anónimo hace un par de semanas mientras corría una mañana soleada, sin cierzo, por la orilla del Canal. Eran cinco y conversaban mientras caminaban. Cinco vidas, cinco historias en cada uno de ellos.
Nos alejamos y ya tuve a qué darle vueltas durante mi ida y mi vuelta. Y desde entonces varias veces al día.
No sé si ayer Mariano lo vio caer pero lo fue a ayudar para que no sufriera. O sufriera menos. Sin conocerlo. Seguramente le dio tiempo a pensar que era injusto. Seguramente su mujer, Isabel, lo miró angustiada.
A ese hombre, mayor, lo estaban agrediendo en Getafe. Impunemente, en plena tarde y a las puertas de una parada de Metro.
Mariano era un hombre trabajador, afable, responsable y bueno. Formaba parte de eso llaman "la gente" y que a muchos les viene muy grande. Se acercó a ayudar, a poner cordura, sentido común. Y ya no está.
viernes, 13 de enero de 2017
Escalones
Cuando sabía que ya se acercaba bajaba, nervioso y en calcetines, a abrir el portal. Subían juntos la escalera, él de dos en dos escalones, ella de puntillas, para hacer menos ruido, y ambos sonriendo y deseando cerrar la puerta para mirarse a los ojos y decirse hola. Sabían que tras la mirilla del primero, de dónde salían los olores a guiso entre semana, a paella los domingos, estaba la viuda silenciosa que, más tarde, preguntaría a la portera que quién era esa que sube con el del segundo desde hace algún tiempo, bastante más del que pensaban.
Eran capaces de controlar la sonrisa tapándose la boca. Pero jamás pudieron evitar la carcajada espontánea. Explosiva, contagiosa y, sobre todo, cómplice.
Nunca supo ni quiso preguntar por qué no funcionaba el portero automático. Ni tampoco por qué no existen códigos de acceso, cómo en Francia. Si los que llegaban eran amigos, al oír un silbido pactado les tiraba las llaves atadas con una cuerda que medía medio metro menos que la distancia del balcón hasta el suelo. Aprendió este truco de los estudiantes de Erasmus que rotaban, año tras año, por el tercero izquierda. Nunca lo utilizó con ella. Prefería esperarla en el portal para subir a su lado por la escalera. A ambos les gustaba subir juntos.
El paso del tiempo pero sobre todo las miles de pisadas habían erosionado los escalones de piedra dejando claro cuál era la línea que seguían la mayoría de los vecinos. La madera del pasamanos, con un juego de colores que se oscurecía al llegar a las curvas de cada rellano, acariciaba suavemente la palma y los dedos de los que subían, despacio y sin prisa, arrastrando la compra diaria. Huellas permanentes de vida. En la escalera, en los pisos, en la portería y en los tendales del patio interior, dónde convivían desde el punto de la mañana sábanas, camisetas, calcetines y secretos de la italiana.
Fuese la hora que fuese siempre había ruidos. Y olores. Seguramente también miradas.
Y sospechas.
miércoles, 4 de enero de 2017
El Renault 18 de Julián
Recuerdo que era fin de semana porque tuvimos que parar el coche en Alcolea del Pinar, donde conocen el significado de la palabra frío ya que éste se inventó en su vecina Molina de Aragón. En el momento justo en el que empezó a nevar, unos kilómetros más allá del Área 103, el limpiaparabrisas del Renault 18 familiar, color marrón, dejó de funcionar. Ingenuamente pensamos que ese sábado, a mediodía, encontraríamos un taller abierto con ganas y con repuestos. Por eso sé que era fin de semana: porque seguimos viajando, en plena nevada de enero, un invierno de los de entonces, con el coche cargado de de bolsas, botas y esquís y los ojos puestos en Andorra. Y en el cristal cubierto de nieve.
Semanas después abrí las contraventanas de la habitación del Hotel Marco Polo de La Massana con la sonrisa que se abren las contraventanas cuando ha estado nevando desde la tarde anterior y los partes meteo han anunciado sol para esa mañana. Aparcado donde siempre, al borde de la carretera, con el morro enfilando hacia arriba, el Renault 18 familiar, color marrón, ya no pudo subir más. Sospechamos que por despecho la cuña del quitanieves, literalmente, le partió el motor en forma de V. Y allí estábamos los cinco, junto con Marc, el maître, otra vez mirando el cristal cubierto de nieve en el que alguien había escrito "me gustas".
Semanas después abrí las contraventanas de la habitación del Hotel Marco Polo de La Massana con la sonrisa que se abren las contraventanas cuando ha estado nevando desde la tarde anterior y los partes meteo han anunciado sol para esa mañana. Aparcado donde siempre, al borde de la carretera, con el morro enfilando hacia arriba, el Renault 18 familiar, color marrón, ya no pudo subir más. Sospechamos que por despecho la cuña del quitanieves, literalmente, le partió el motor en forma de V. Y allí estábamos los cinco, junto con Marc, el maître, otra vez mirando el cristal cubierto de nieve en el que alguien había escrito "me gustas".
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