Era una tarde de junio y el calor no perdonaba creando esa situación en la que todo molesta. El calor y yo siempre nos hemos llevado regular tirando a mal y tenemos nuestra particular pelea.
Llevaba un rato sonando la música pero tardé un rato en percibirla y aún un poco más en sentirme atrapado por ella. Él tocaba la guitarra y ambos cantaban. Eran dos voces claras, limpias, redondas y potentes. Llegaban al alma como pocas cosas son capaces de hacerlo. Combinaban versiones con temas propios. A veces se corregían, ”sobra una nota. Volvemos a empezar”. Seguían cantando y, sobre todo, disfrutaban desde el anonimato de una ventana abierta a un tórrido calor de junio.
Decidí abrir mi ventana y apostarme en ella. Abandoné todo lo que estaba haciendo para escucharlos sin que ellos ni siquiera sospecharan que tenían a alguien haciéndolo. Cantaban para ellos pero creo que éramos muchos los que los disfrutábamos. Yo, sin ver a nadie más, intuía que éramos muchos entregados a sus voces que llenaban el estrecho y vacío callejón.
Sentí la necesidad de agradecérselo y decidí escribirles una nota manuscrita que les dejaría por debajo de su puerta. Ya había localizado donde vivían y merecían un aplauso. Ser capaz de tocar así la guitarra será siempre mi asignatura pendiente.
Mientras la escribía escuché un portazo que los delataba: salían de su casa.
No tardé ni tres minutos en llegar a su puerta. Para mi enorme sorpresa alguien había tenido la misma idea que yo y ya les había dejado una nota pegada a su entrada. Sonreí e introduje la mía por debajo de la puerta. Un simple papel escrito a mano con mi rotulador Edding 1200 azul.
Marché a la calle y me los crucé en el portal. No había duda de que eran ellos. Volvían felices con un par de botellas de agua y algo de comida. Nos saludamos pero sólo yo sabía que en unos minutos iban a comprobar, a través de esas notas manuscritas, que nos habían hecho disfrutar con sus voces, su guitarra y su complicidad.
#SacaLaFelicidadAPasear
