Qué bien cuidan sus calles y sus pueblos en Francia.
Me fijé en ellos porque eran los únicos que caminaban por esa calle a esa hora dónde sólo se escuchan voces desordenadas en un patio de un liceo.
Paseaban para hablar y ambos se escuchaban con una admiración nada habitual. Estaban, seguramente, disfrutando de unos días surgidos de la improvisación y de un arranque de espontaneidad que los permitía mostrarse tal y como eran de verdad.
Era uno de esos momentos en los que las palabras y los silencios logran su objetivo de reflejar las emociones. Sin esquinas ni oscuros ángulos muertos.
Sin detenerse y sin previo aviso, cómo realmente brotan las verdades, le dijo:
"Debo confesarte que en ese momento de la noche, justo antes de dormir, en el que cada uno elige lo que recordar, yo me agarro a ti".
Ya sólo se oyeron pisadas acompasadas y se perdieron en uno de los callejones que llevan al mar.
jueves, 30 de enero de 2020
jueves, 9 de enero de 2020
Un pianista en el Avión
Después de muchos años, ella decidió llamarlo para después escribirle y, más tarde, provocar un encuentro que, en realidad, era una cita casi a ciegas, bajo un enorme anuncio de una exposición del centro de la ciudad. Recorrieron callejuelas sin rumbo ni destino hasta que se dieron cuenta que ninguno había comido. Sin decidirlo, acabaron tomando un bocadillo en un amplio local, tan frío e impersonal, que nunca más regresaron a él. De todos modos, lo importante nunca fue ese bocadillo sino volver a encontrarse.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
Solían verse en viejas terrazas, tascas de los centros, casas de comidas donde siempre había alguna mesa calzada con un taco de madera, sillas desparejadas, servilleteros vacíos, menús cantados desde una libreta, tres primeros y tres segundos a elegir, con postre, pan y vino con gaseosa.
Preferían sentarse frente a frente en lugares que, de lo corrientes que parecían, acababan convirtiéndose en imprescindibles para ir recorriendo recuerdos e imaginando sueños que, en realidad, eran deseos.
Aunque no lo compartieron nunca, debió ser en alguna de aquellas sobremesas cuándo él se lo preguntó. Quiso saber si recordaba aquel oscuro local al que se accedía casi con contraseña llamando a una puerta que ocultaba una pesada cortina de felpa rojizo. Estaba en una calle corriente, lejos del bullicio de las zonas de ocio nocturno. Era una calle de un barrio céntrico en el que aún conviven la burguesía tradicional con el comercio de toda la vida. Las franquicias con los mercados. La falsa sonrisa con la carcajada. El plástico con lo noble. Seguramente aún seguirá habiendo alguna mercería con un estudiado escaparate de rebajas anotadas a mano, algún colmado con especialidades astur-leonesas o alguna ferretería en la que un empleado, con bata azul, no habrá aún dejado de vender alcayatas al peso envueltas en papel de estraza.
Eran conscientes de que compartían mucho más de lo que querían y, por ello, no entendían que no hubiesen coincidido años antes en aquel local.
Abría a cualquier hora y dentro no había ni una ventana al exterior. Su oscuridad la acrecentaba una caótica decoración consistente en objetos de cualquier origen que sólo el tiempo se ocupaba de ordenar. Solía acoger a una fauna muy singular y variopinta que hicieron de él un lugar de culto que había conseguido mantenerse alejado del circuito de locales de moda de la época. Sus dueños, una pareja que lo mantuvo abierto durante décadas, dudo que jamás pensase en convertirlo en referencia de nada sino que dejaron que por él fuesen desfilando historias que acogieron como propias.
La barra ocupaba toda la parte izquierda y, al fondo, un viejo piano dotaba de cierta categoría al lugar. Era, junto con los omnipresentes cuencos de pipas, los kikos y la mujer cerillera que organizaba el guardarropa de la entrada, la esencia misma del local que no era ni bar, ni pub, ni café sino todo ello junto.
Tras el cortinón rojizo de la entrada, al que solía seguir una densa e insana humareda, el escenario cabaretero era un verdadero plano de película de éxito en el que todos podíamos convertirnos en personajes secundarios. En una permanente semi oscuridad, una decena de mesas bajas acogían con complicidad a parejas que reían, a grupos dispares y algún desorientado solitario que esperaba un final de novela que nunca llega.
El pianista surgía de algún sitio súbitamente sin que nadie lo reclamase y sin redoble de tambores. Ni siquiera con un cambio de luces. Cruzaba lentamente la sala envuelto en el humo de sus cigarrillos, con una cojera propia del que ha tenido un pasado e innumerables historias que contar o, tal vez, ocultar. Él lo hacía a su manera, humildemente, pero sabiendo que todos esperaban su aparición. Desde su rincón oscuro, caótico y casi escondido, rodeado de cajas de San Miguel, tocaba lo que quería mezclando todo tipo de músicas, épocas y autores. Quizás, eso nunca lo supimos, se fijase en alguna de las mesas en las que grupos, parejas y siempre algún canalla disfrutaban de un ambiente que, en ese instante, no se daban cuenta que era insólito y que iban a recordar para siempre.
A ambos les extrañaba que ella no hubiese estado allí nunca porque era el tipo de bar que siempre andaban buscando y que solían encontrar. Quizás era por ello que siempre buscaban sillas desparejadas en locales corrientes.
El pianista se llamaba llamaba César y, con permiso de los dueños, hacía que su música acompañara las noches hasta que, tras la barra, el jefe decidía cerrar. Mientras, cuando él quería, hacía una pausa y cruzaba la calle a echar un café y contar historias al mismo camarero de siempre. Un día hizo la definitiva y todo desapareció.
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