miércoles, 31 de julio de 2019

Los enfrentados del vagón

El algoritmo, la mala leche o, seguramente, una combinación de ambos, todo guisado desde un triste despacho de la sede central de la compañía, hace que recurrentemente me toque el peor asiento del tren para afrontar las nueve, sí nueve, horas de viaje entre Gijón y Zaragoza.

El 9D forma parte de ese cuarteto de asientos enfrentados, sin mesilla en medio, que, además, te obliga a viajar contrasentido entre León y Zaragoza. Una ventaja más de esta vergonzosa infraestructura que no forma parte de la España radial y convierte los desplazamientos transversales en lo más parecido a las diligencias del siglo XIX.

Sentado en 9D no puedes estirar las piernas sin entablar una batalla silenciosa con la ocupante de 8D que mantiene contra ti una lógica guerra de posiciones. Encajar los cuatro pies y llegar a un acuerdo tácito es un juego de estrategias desde el primer minuto de viaje. Te despistas y te cogen la posición. Ella, viajera familiar de regreso a Argentina, viene mucho más preparada con un collarín hinchable color lila presagio de un viaje aún más largo. Lo lleva toda la familia, incluidos los cuatro adolescentes que han tenido más suerte con los asientos y que duermen repanchigados desde 7A a 7D. Viajan cómodos, visten chándal.

La batalla de las piernas y de los pies coincide con la del único apoyabrazos abatible que hay en el centro. El que lo coge no lo suelta so pena de llevar el brazo colgando hasta el primer despiste del contrario.

Los asientos normales del tren, todas las filas de 1 a 7, permiten que, poco a poco, uno se vaya construyendo un discreto cubículo al abrigo de curiosos. Nadie se fija en en 4A y 2D. Uno pasa más desapercibido esas filas, con premio añadido si es junto a las ventanas. 9D, como sus otros tres compañeros de zona, es la zona de los parias del tren. Todo aquel que recorre el pasillo lanza una mirada de misericordia a quien lo ocupa mientras, seguramente, piensa en la mala suerte que has tenido en la tómbola de las reservas de la web de Renfe. Es lo que hay. La tarifa Promo no deja elegir, contestas con la mirada y las orejas gachas.

9A a 9D, los castigados del viaje, los niños malos de la clase.

9C, a mi derecha, me acompaña sin rechistar. Ha elegido una postura y, estoicamente, ha fijado su mirada en el infinito que termina en la puerta corredera que separa los vagones. Lleva rebequita sobre los hombros porque sabe que el aire acondicionado de los trenes juega malas pasadas. No creo que en ningún momento adopte posiciones que exijan gran flexibilidad. Por teléfono, sus dos hijas ya le han llamado para confirmar que todo esté correcto. Avisará cuándo llegue aún no sé adónde.

Al otro lado del pasillo, 9B ha sacado esta mañana del cajón los pantalones pirueta y la camiseta de tirantes como los que Nike obligó a Nadal a utilizar allá por 2005. Siempre pensé que a él no le gustaban. Y mucho menos a Tío Toni. Defiendo la libertad a vestirse como cada uno se sienta más cómodo pero hay ciertas cosas que deberían estar penadas. No todo el mundo puede llevar todo. El verano y sus cosas.

9D va marcha atrás la mayor parte del viaje. Al mirar por la ventanilla, mientras todos avanzan, él retrocede.

No deberían vender esa fila al igual que en los aviones no hay fila 13.