viernes, 24 de noviembre de 2017

Lentejas bien picantes

Para aquella tarde de un día cualquiera del mes de febrero, decidimos hacer lentejas y nos proveímos de todo lo necesario, sobre todo el chorizo bien picante. Unas lentejas fuertes, de montaña, para tipos ( y tipas ) que lo aguantaban todo, incluidos los incontables días sin dormir más que un par de horas para cumplir con los clientes día, tarde y noche en las pistas, las tiendas y las discotecas. La de la tarde era nuestra comida principal ya que, a mediodía, solíamos estar aún en las pistas aprovechando el tiempo libre del que disponíamos entre los cursillos de la mañana y los de la tarde. No perdonábamos un instante a pesar de que el ciclo semanal, que empezaba el domingo a última hora, se repetía de diciembre a finales de mayo.

Cada cursillista creaba y arrastraba tras de si, después de su semana blanca, una leyenda que se ha venido transmitiendo de boca en boca desde entonces. Entre nosotros era muy habitual designar con un mote a casi todos ellos para reconocerlos rápidamente, cambiarlos de grupo, hacer chascarrillos o, simplemente, sonreír con sus anécdotas.

Esa semana de finales de febrero coincidieron las lentejas y "la del mono blanco" y de ambas nació el relato que más tarde pasó a ser leyenda.

Era principiante, de las que se bajan del autobús con el anorak totalmente abierto, con el gorro ya puesto, con los guantes colgando de la cremallera de un bolsillo, con risa nerviosa y con mirada de descubridora de América. Principiante de las que combinan el material prestado por una compañera de trabajo con las compras en oportunidades del Corte Inglés y con el alquiler de gama baja con las fijaciones sin ajustar. De las que se sienten patosas caminando con las botas todavía sin enganchar. En esos tiempos, la moda imponía las de apertura trasera que, al caminar, hacían del debutante una especie de astronauta pisando pisando fuerte el asfalto al ritmo cansino de un clonc, clonc, clonc característico. "La del mono blanco", que se sabía atractiva, buscaba constantemente la complicidad de su acompañante, principiante también pero de segunda generación: había subido un día "a la nieve" y ya sabía que era blanca y fría y que resbalaba. Poco más le había cundido aquella escapada de domingo con un compañero del instituto con el que se reencontró años después de graduarse.

Todos hemos sido principiantes alguna vez. Ella lo era esa semana. Era debutante adulta.

Cada lunes, los grupos semanales repetían perfiles. Además del solitario, de la familia unida, de los cinco listillos y de la pareja que disfrutaba de su primer viaje en solitario solían destacar los que se habían conocido en el punto de partida, ellos y ellas, y se habían colocado al final del autobús, tonteando desde entonces y convenciendo al guía para que sus habitaciones fuesen contiguas.

Mientras se hacían las lentejas, que habíamos dejado a remojo desde el punto de la mañana hasta nuestra vuelta a las cinco, fuimos poniéndonos al día. Esa semana éramos cinco en el apartamento, ellas dos y nosotros tres. Nos llevábamos bien y aguantábamos sin enfadarnos las bromas que, a veces, eran verdaderas puyas. Había complicidad y nos contábamos casi todo. Sabíamos que algunos de nosotros también teníamos mote.

No recuerdo quién fue a comprar el chorizo pero seguramente no fue el que, tras comprobar que "la del mono blanco" y los otros siete del grupo progresaban correctamente con la cuña, la acompañó en su primer viaje en telesilla. Subir en un remonte es otro de los momentos clave en la vida del principiante. Y más que subir, bajarse al llegar arriba. Durante todo el trayecto a más de cuatro metros del suelo, el máximo temor es "¿qué pasa si no logro bajar?" "¿me pasaré el día subiendo y bajando?". Por ello, salvo los que quieren compartir juntos la incertidumbre y el riesgo de la primera experiencia, los principiantes suelen buscar la complicidad, y la compañía, del profesor. Al final del trayecto y bajarse del telesilla ya habían quedado para esa noche.

Fueron las primeras lentejas y, que yo recuerde, las últimas. Había suficientes cómo para haber invitado a todo el bloque de apartamentos. Olían muy bien. Era plato único así que repetimos antes de tirarnos en los sofás y dejar "para luego" la recogida. Yo las recuerdo cómo exquisitas. Nos dormimos la siesta.

 Esa noche fuimos a un lugar nuevo que nos sugirió Víctor, el remontero al cargo del telesquí de    debutantes. Él también se había fijado en "la del mono blanco". Tenía una paciencia infinita con todos los debutantes a los acompañaba a la carrera en su primer trayecto en telesquí chillándolos dejarse llevar, mirar al frente, no sentarse y no juntar las rodillas. Llegamos los últimos después de vencer a una persistente pereza y a varios platos de lentejas. La idea de casi todos era dar una vuelta y volver pronto. O eso creíamos. Él tenía una cita que no nos había contado pero que sospechábamos.

Quedar con los cursillistas, a pesar de formar parte de la rutina, era tremendamente peligroso. Todo era susceptible de complicarse y solía cumplirse. Todos éramos jóvenes y con ganas de divertirnos. Para ellos eran sus vacaciones y para nosotros un trabajo deseado para esa época de la vida en la que el futuro es sólo mañana. Quedar por las noches, además, servía para suavizar los pequeños problemas que hubiese podido haber durante el día. Era lo que más tarde el marketing llamó herramienta de fidelización.

"La del mono blanco" no llevaba el mono blanco y vestía cómo visten los cursillistas que al llegar a la salida se presentan con la maleta más grande de su trastero. Ropa muy urbana de sábado por la noche. Destacaba del resto y lo buscaba sin disimulo desde la barra y desde la pista. Hasta que, copa en mano, se acercó y nos preguntó por él con media sonrisa y ningún nervio, temerosa del plantón.

Así nació la leyenda de los platos de lentejas.

Evito detalles pero lo recuperé a medio camino entre el cuarto de baño y la salida de emergencia, rogándome que lo acompañara a casa. Maldecía al chorizo, al picante y a su suerte. Ella no nos vio salir, casi huir.





martes, 21 de noviembre de 2017

La espera

Mujer, sola y con capucha, leyendo junto al mar. Al pasar las páginas, piensa en él y recuerda lo que pudo haber sido y, también, lo que fue. El ruido cercano de las olas le ayuda a sonreír. Sigue siendo feliz mientras espera verlo volver.



miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tiempo y distancia

Pese a que aquel día también amaneció despejado, de una manera desconocida e inesperada, la distancia dejó de medirse en kilómetros y empezó a transformarse en días que, más tarde, fueron meses y años. Aún así, creían continuamente compartir la certeza de la fragilidad del tiempo y la esperanza de su espontánea ruptura. 

Desde muy jóvenes habían tejido redes de colores.