miércoles, 31 de diciembre de 2025

Qué cabrón, la que nos liaste.

Fue un caluroso día de julio de 1987. Caminando por los andenes del Metro de París, mochila a la espalda, nos topamos con una gran foto del Dubrovnik que aún no había conocido los desastres de la guerra. 


"¿Vamos?" Y fuimos a descubrirlo. Y volvimos dos años después.


Huyendo de las normas y lo planificado, la improvisación es una sorpresa fruto del momento, de la intuición y del corazón.  Con ella nos convertimos en los héroes de nuestras decisiones. 


¿Quién no conoce historias de personas que decidieron a última hora acudir a una fiesta de la que salieron con el amor de sus vidas? 


Abandonar el plan establecido nos hace conectar con el presente sin la presión constante del futuro, del resultado, de la crítica, del reconocimiento o del aplauso. En la improvisación sabemos que puede existir el error pero no lo vivimos como fracaso y sabemos reaccionar y afrontarlo. Es una prueba, un juego, un reto, un desafío, un salto a lo desconocido. Es una respuesta creadora. Es una emoción, a veces valiente.


Improvisar es dejar que las cosas ocurran para que, más tarde, al construir recuerdos y comentarlos con los que apreciamos, sus frutos, incluso si fueron momentos duros o complicados, dan paso a una empatía y una complicidad que la rigidez de una planificación estricta no permite. Con ella se construyen leyendas que perduran y que se transmiten de boca en boca. 


“¡Qué cabrón, la que nos liaste!”


Fruto de una medio improvisación, nació la leyenda de la embarcada del Midi d´Ossau, que en el fondo no fue tal, pero que cada vez que la comentamos permite reforzar vínculos de sólida amistad.


Incorporar la improvisación a nuestras vidas permite alejar el stress que generan los caminos marcados, disfrutar del efecto sorpresa, huir de normas absurdas, fomentar la comunicación y la colaboración con los que nos acompañan, ser más flexibles en nuestras actitudes, crear en libertad y disfrutar de la espontaneidad. 


Esta noche, la mayor felicidad se logrará en los preparativos improvisados en una cocina, en el encanto de una aparición inesperada, en la discreta conversación en una terraza tiritando de frío o regresando en la madrugada con esa persona vestida de rojo que conocimos por casualidad. 


Eso es lo que recordaremos y no las planificadas, repetidas y organizadas doce uvas frente al televisor, con confeti y matasuegras. 


¡Felices 2026 improvisaciones!