sábado, 2 de abril de 2022

Caracoles en el buzón

¿Hace cuánto que no recibes una carta manuscrita? ¿ Hace cuánto que no abres el buzón de tu casa? ¿Recuerdas acaso dónde tienes la llave? ¿Sigue poniendo tu nombre en el buzón? ¿Se mantiene el de aquellos que ya no viven allí?

En el mío, al aire libre, a veces viven caracoles. 

Tal vez ahora, más que nunca, cuando ya no llegan ni facturas de teléfono, ni extractos bancarios, ni catálogos de IKEA, ni el listín telefónico, ni invitaciones de boda… recibir una carta manuscrita o un paquete inesperado puede alegrarnos el día. O la semana. Y no me refiero a los paquetes de Amazon o cualquier otra compra que previamente hemos encargado. Hablo de descubrir en el buzón un sobre con sello al que previamente alguien se ha enfrentado a pecho descubierto y ha dedicado lo mejor de si mismo. Un papel que antes fue blanco y ahora, recorrido con un trazo manuscrito, recoge los mejores deseos, cómplices recuerdos o la más cruda realidad. Preguntas esperando respuestas, respuestas a preguntas pretéritas, confesiones no pedidas.

Un sobre en el que alguien ha escrito tu nombre con la ilusión de que lo abras y descubras. 

Había un momento en los viajes que lo reservábamos a escribir postales a mano con alguno de los rotuladores Edding 1200 azul que preparábamos antes de salir de casa. En mi caso, comprobar que los llevaba en la mochila formaba parte del protocolo previo a la salida. Antes de redactar había que elegir girando aquellos expositores con el precio de la postal arriba. Seleccionábamos varias que, de algún modo, mostraran lo que estábamos disfrutando en un viaje de cualquier tipo. Incluso en los de trabajo encontrábamos el hueco para hacerlo. Postales con imágenes que, previamente, alguien había captado con su cámara antes de que los móviles lo acaparan todo. Montones de postales, algunas en oferta: de las más cuidadas a las más horteras, como aquellas que incorporaban ribetes textiles sobre los trajes regionales. No era raro incluso encontrar algunas ya pasadas de época, decoloradas y que aún mostraban vehículos antiguos alrededor de la Tour Eiffel, ropa de esquí ya en desuso, un policía ordenando el tráfico subido en un pequeño pedestal o playas con bañistas, entre toldos y casetas, con flamantes trajes de baño de rayas.

Calculábamos cuántas teníamos que mandar, seleccionábamos intentando no repetir y, ya en el mostrador, nos las devolvían metidas en un sobre de papel muy fino. Después venían los sellos, franqueo internacional casi siempre.

También las había en blanco y negro, muy cuidadas, casi de cine de autor, incluso raras. Todas estas eran más caras. Y estaban las gratuitas, las de la mesilla del hotel o aquellas que se ofrecían en barras de bares nocturnos y de las que agarrábamos una de cada.

Todos teníamos nuestras manías. Una de las mías era pegar el sello antes de escribir el texto. Esto me obligaba a no cometer errores al hacerlo so riesgo de inutilizarla. No podía mandar postales con tachones.

El espacio para el mensaje quedaba limitado al rectángulo izquierdo del verso de la postal ya que había que ceder la parte derecha, con tres insuficientes renglones preimpresos, al destinatario, la dirección y al sello. La descripción de la imagen, resumida en una línea, estaba arriba o abajo: "Puente sobre el Tajo. Lisboa 1988", "Semana Grande en La Concha, 1979" "Le Saulire, 2740 m". En ese espacio tan limitado había que arreglarse para comprimir todo aquello que queríamos escribir. Era el momento de la caligrafía. Cada uno con la suya: unas con formas redondas, otras más anguladas, cursivas, letras sueltas, attachées..., incluso pattes de mouche imposibles de leer. Durante una época escribí siempre en mayúsculas. Cuando no quedaba más remedio hacíamos girar el texto, retorcíamos la escritura culebreando alrededor de la dirección y el sello mientras apelotonábamos palabras, verbos, puntos y comas.

Se escribía en terrazas de bistrots, en bancos de parques, en los reposabrazos de un tren, en el lomo de una mochila. Los muy escritores o más bohemios se dejaban ver redactando mientras bebían café y miraban al paisanaje. Otros apuraban los últimos minutos de un viaje para que el matasellos demostrase que estuvieron allí. 

Frente a la tiranía de la inmediatez actual, entonces calculábamos la hora de recogida en el buzón. Si teníamos prisa, íbamos directamente a la oficina de correos con la idea de que clasificaban antes los envíos. Qué gusto daban esos buzones tan nobles, de boca ancha, incluso con figuras de leones que rugían "Ciudad", "Provincia", "Extranjero". Un acto de despedida y adiós. En ese momento perdíamos el control del envío y no había vuelta atrás. Había quien incluso mandaba un último beso cerrando los ojos. Imaginábamos el recorrido y hasta el día de llegada. Y empezaba la espera de la respuesta. También los retrasos...

No había privacidad en la postal. Cualquiera podía leer lo escrito mucho antes de que el verdadero destinatario la tuviese entre las manos. Remitente y destinatario vivían con ese riesgo de ser descubiertos in fraganti. Se dudaba del cartero, del portero del edificio, del padre o del hermano encargados del buzón o de todos aquellos que veían la correspondencia amontonada en el mueble de la entrada. 

"¡Mira quién te ha escriiiitooo....!". Y a temblar.

Secretos, que no eran tales, al descubierto. La prueba de la postal escrita a mano.

Pero también llegaban cartas en sobres. Blancos si eran terrestres; Bleu, Blanc, Rouge en el marco si eran aéreos. Ya por el peso intuíamos el contenido que no era un simple deseo, un recuerdo o un guiño. En el sobre llegaban frases más hechas, más pensadas y su lectura requería de cierta intimidad y soledad. Ahora escribimos en el teclado, borramos y volvemos a escribir. Entonces, a mano, todo salía más redondo y espontáneo y quizás necesitábamos pensar menos porque todo emanaba con naturalidad. No repasábamos tanto lo escrito porque ya no tenía remedio. No podía haber tachones, si acaso uno muy limpio. Dos obligaban a comenzar de nuevo y entonces nada era igual.

Escribir el remite detrás era delatarse y romper el misterio del envío. Confieso haberlo obviado muchas veces e incluso habérmelo inventado si hacía falta. Y sino, un garabato o una sigla. Una ingenua contraseña. Convivíamos en esa época con las llamadas de teléfono en las que el mayor riesgo era que respondiera el padre y hubiera que colgar de inmediato.

La postal era unidireccional, no se contestaba. Se pinchaba con chinchetas en el tablón de la habitación pasando a ser recuerdo.  La carta personal generalmente sí, dando lugar a largos intercambios que muchos siguen guardando en cajas de zapatos que resisten mudanzas y traslados. Con el tiempo aparecen y alguien las encuentra. Surge entonces la duda de respetar lo que dos compartieron en secreto o, por el contrario, entrar de lleno y sin permiso en una vida ajena y, probablemente, más rica que la del voyeur que las descubre.

Proyectos de amores, amores en la distancia, amores de verano que mueren antes de noviembre, amores que fueron, amores que vuelven. Amores de parejas, amores de familias, amores adolescentes, amores de amigos, amores de hijos y padres, primeros amores.

Cartas de trabajadores que emigraron, de estudiantes que arriesgaron, de viajeros de mochila, de traslados de familias, de vecinos tímidos que se cruzan en la escalera, de compañeros de pupitre, de encuentros casuales.

Rupturas frías. Finales. Y las peores noticias, las que ya no tenían remedio.

Correos, La Poste, US Mail, Deutsche Post, Poste italiane, Royal Mail, Swiss Post, PostNL, PostNord fueron nuestros aliados.

Ahora, sin embargo, seguro que todo nos lo leen en la red y nos lo banalizan en mercancía digital.