domingo, 8 de noviembre de 2020

Su rincón de pensar

Si fuese una película, un rato después de sentarse frente al mar estaría hablando con un desconocido desde el banco de al lado mientras el guión los iría acercando entre plano y plano. Acabarían riendo y contándose el pasado sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de un bistrot mientras un camarero, con delantal largo, limpiaría una y otra vez la barra de mármol blanco.

Siempre son pequeñas y redondas las mesas de bistrot.

Pero ni era un personaje, ni había guión ni mucho menos acompañante. Había un bistrot cerrado. Había mesas apiladas. Pero tampoco había un camarero con delantal largo sirviendo deux pressions s´il vous plaît.

Estaba en la desescalada, o en la nueva normalidad, o en alguna de las fases, o como quisieran titularla en una rueda de prensa un ministro con gafas y un burócrata experto, y había salido de su pequeño comercio a descansar en su rincón de pensar. En ese sentido tenía suerte y era consciente: sus camisetas se seguían vendiendo, su actual pareja era veterinario y sus hijos estaban independizados cerca de su casa. En cierto modo, unos privilegiados que supieron elegir el lugar donde vivir y que no se vieron encerrados durante semanas entre murallas de hormigón, rayos de sol sólo al amanecer, árboles obedientes y alineados y sonidos feos y ordenados en el caos. También olía bien. A humedad fresca, a limpio continuo.

En realidad su vida había cambiado poco porque seguía manteniendo sus rutinas. Quizás le faltaba la compañía de los visitantes de temporada, los asiduos de los fines de semana y la posibilidad de improvisar. Las normas cambiaban cada semana y ya no sabían si estaban confinados perimetralmente, sólo localmente o absolutamente encerrados. Tenían la montaña cerca, la veían desde su casa pero no podían acercarse. Vivir sin orden y sin agenda era lo que le había traído hasta aquí cuando se separó de su anterior pareja. Se seguían llevando bien, no fue traumático porque ya no había pasión, tan sólo inercia, respeto y cierta comodidad.

Sin acompañante en el banco de al lado, su rincón de pensar la llevó a mirar lejos donde nacía el oleaje que tanto le fascinaba. Adoraba el caos, ver crecer la ola y la fuerza salvaje del agua contra las rocas. Cada vez que el mar se mostraba poderoso pensaba en cómo sería una noche de tormenta allá dentro sin ni siquiera poder imaginar, encerrados en la bodega, que, en algún sitio, seguiría habiendo tierra firme como refugio. Conocía suficientes historias de marinos y marineros. El caos de una tormenta y el miedo de todos pero, sobre todo, del novato o primerizo. Sólo la experiencia, la calma, la valentía, la humildad, el respeto y la empatía del capitán podía encontrar la salida.

Volvió a casa subiendo la empinada pendiente que le permitía mirar lejos y pensar en los millones de personas que vivían tras las mascarillas desde hace meses. Era algo fácil de imaginar en bruto pero muy complicado de pensar en la gente que conocía y quería y que ya hacía tanto tiempo que no veía. Se había acostumbrado a ver a los más próximos con la cara tapada pero todo le impedía asumir que sus familiares, sus amigos de siempre, sus antiguos vecinos, sus compañeros de universidad y trabajos, sus rivales deportivos... todos se cubrían la cara. Ponía nombres pero no podía poner máscaras. Ponía nombres y quería poner besos y abrazos.

"¿Y todo esto acabará poco a poco, como amaina un temporal, o llegará un día en el que, al despertarnos, al igual que en otros momentos históricos, alguien anunciará que la guerra ha terminado? ¿Habrá un fotógrafo preparado para captar un imagen de todos abrazándonos y tirando mascarillas como aquella de Times Square tras la Segunda Guerra Mundial?"

Después de tanta incertidumbre, tristeza y sufrimiento quizás un anuncio con sorpresa y grandes titulares provoque una mayor dosis de alegría sin que nadie se vaya apropiando, día tras día, a pequeños sorbos, con pocas verdades y golpes de Twitter, de la esperanza de la gente.

Antes de llegar a su casa siguió con sus rutinas. La boulangerie aún estaba abierta y sus baguettes preparadas. Recordó que no quedaba fromage y compró uno nuevo y dos de los de siempre, del terroir. Vino aún tenían. 

Ese día venían sus hijos.

Tampoco ese día vieron los telediarios.






lunes, 2 de noviembre de 2020

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín

Este verano del Covid, me escribía una amiga desde un tren con destino a Zaragoza recordándome aquella serie de artículos sobre el AVE que escribí hace ya cierto tiempo y que están al inicio de este blog. Me contaba una anécdota que estaba viviendo en ese mismo momento con una pasajera del coche 7, 8A, que, en plena pandemia, y con parte de Aragón volviendo a la fase 2, flexible en aquellos días, se negaba a ponerse la mascarilla cómo ya le habían solicitado, e insistido varias veces, tanto el revisor como dos pasajeros encorbatados en pleno julio y ella misma. Cuando hace unos años escribía aquello para entretenerme en mis idas y vueltas a Zaragoza, trataba de reflejar situaciones reales que la fauna viajera, por ocio, trabajo o vicio, escenificaba en los vagones o andenes de una manera natural y, casi siempre, sin respeto alguno al de al lado.

El verano, con todas sus facetas además de las propias vacaciones, convierte a los medios de transporte en escenarios en los que todos, y ahí me incluyo, creamos personajes, lucimos vestimentas y vivimos situaciones en las que podemos ser actores principales, secundarios o meros espectadores.

Los trenes y los autobuses, tradicionalmente más variopintos, siempre han dado mucho juego aunque de un tiempo a esta parte, los aeropuertos y aviones recuperan muy veloces el terreno. Prueben a observar una terminal en verano y lo comentamos.

Con lo que más hemos perdido ha sido con la desaparición de aquellos trenes nocturnos en los que no sólo se viajaba. Me fascinaba el ambiente nocturno previo a la salida de aquellos expresos. Las grandes estaciones en edificios singulares ( Gare du Nord, Austerlitz, Milano Centrale, Antwerpen Central, Atocha, Gare de Lyon, Amsterdam Centraal...) adquirían una personalidad propia cuando caía la noche y, en sus aledaños, viejas tascas y muchos tugurios adoptaban a viajeros de mochila, representantes de comercio y matrimonios mayores que se mezclaban con los habituales de las noches más sórdidas, casi siempre inofensivos pero a veces complicados. Calles oscuras, cubos de la basura, sospechosas pensiones y compradores de oro.

Entre ruidos y luces de ciudad que se apagaban, a bordo de aquellos expresos dejabas un país una tarde y amanecías en otro a la mañana siguiente habiendo, entre medias, disfrutado de toda una pequeña vida. O de una odisea que podía empezar en el mismo andén si, horas antes de embarcar, ya abundaban los viajeros y las mochilas, conscientes todos del abordaje que se preparaba con la apertura de las puertas. Sólo los privilegiados de la Compagnie Internationale des Wagons Lits, con sus vagones separados del resto y tripulación muy elegante, escapaban del asalto a los compartimentos de segunda sin reserva. No coger asiento podía significar viajar horas y horas en ese frío espacio entre coche y coche, donde coincidían puerta de acceso y cuarto de baño.

Los viajes eran largos, muy largos y ruidosos, y pese a la noche y la oscuridad eran pocos los afortunados que conseguían enlazar horas de sueño en aquellos asientos de ocho butacas enfrentadas entre si, con los portaequipajes superiores repletos de mochilas. Siempre colgaba alguna cincha de la que nadie se responsabilizaba. A veces hasta sonaba un despertador que nadie apagaba. Con suerte, en algunos trayectos, el compartimento no se llenaba y podíamos semi tumbarnos hasta que, en una solitaria estación de un pueblo alemán, subía algún solitario que siempre, a las cuatro de la mañana, escogía tu compartimento para ocupar una butaca. De dónde vendría a esas horas se convertía en un debate que el nocturno e indeseado viajero no solía entender. Tampoco parecía importarle. Las lenguas, como las monedas, eran diferentes y dificultaban los intercambios. Sorprendentemente, en alguna ocasión, el visitante nocturno era originario de Benavente y, tras la exaltación inicial del vínculo común, iniciaba el relato de su vida que solía empezar con la emigración forzosa de sus antepasados. 

Todavía no existían las franquicias ni los centros de las ciudades compartían tantos escaparates o rótulos como ahora. Disfrutábamos de la diferencia y de los descubrimientos. Viajar una noche significaba no sólo cambiar de país sino llegar, de buena hora, a una cultura totalmente distinta en la que lo primero que urgía era cambiar moneda. Solían abundar esos puestos casi ambulantes con su clásico: CAMBIO-CHANGE-EXCHANGE-WECHSEL y con las banderas de los países, al estilo de los menús de los platos combinados de los restaurantes de turistas. Infructuosamente, siempre intentábamos que no nos timasen mucho con los tipos de cambio y las comisiones. Siempre, en cada cambio, algo perdíamos. Tanto al llegar cómo al salir. Salvo el enterado del grupo, nunca sabíamos si éramos vendedor o comprador de divisas ni el tipo de cambio correcto a aplicar. 

Éramos mucho más permisivos y tolerantes y mucho menos exigentes. No existía el compromiso de puntualidad y dábamos por hecho que habría retraso. Pero no pasaba nada porque aprovechábamos el tiempo. Aquellas paradas en mitad de la niebla francesa permitían asomar la cabeza en la nada y respirar olores que aún nos eran ajenos. También se acababa el agua de las cantimploras y no podíamos reponerla salvo en aquella estación de la entonces Yugoslavia en la que, a la carrera, y jugándonos quedarnos en tierra de nadie, nos arriesgamos con aquel grifo de un inmundo cuarto de baño croata.

Viajar no era sólo desplazarse. Las noches en los trenes eran pedazos de vida en los que aparecían personas, en los que se descubrían lugares, en los que se pasaba bien e, incluso, mal. Olores de tren, ruidos de tren, luces de tren. Gracias a aquellos vagones, que convertíamos en habitaciones, ahorrábamos en pensiones. Tras el primer sueño, llegaba el revisor a taladrar el billete. Tras el segundo, ya muy entrada la noche, en alguna frontera austriaca entraba una pareja de policías pidiendo pasaportes. Ni una risita a destiempo.

Ahora, años después, mientras en algunos países vuelven a plantearse la vuelta de aquellos expresos nocturnos, miro los trenes de nuestras modernas estaciones con cierta añoranza. Velocidad contra calma. Puntualidad contra descubrimiento. Pasajeros contra viajeros. Silencio contra chu cu chu. Nadie mira por la ventana porque sólo quieren llegar.

Salvo en las pequeñas estaciones de pueblos, ya no hay despedidas en los andenes ni poesía silenciosa en una parada prolongada en un solitario apeadero cuando no ha amanecido. Ya no hay llegadas cuando la ciudad despierta y el largo convoy suelta el último soplido.

Ya no hay jefe de estación con gorra roja y banderín.