Si fuese una película, un rato después de sentarse frente al mar estaría hablando con un desconocido desde el banco de al lado mientras el guión los iría acercando entre plano y plano. Acabarían riendo y contándose el pasado sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de un bistrot mientras un camarero, con delantal largo, limpiaría una y otra vez la barra de mármol blanco.
Siempre son pequeñas y redondas las mesas de bistrot.
Pero ni era un personaje, ni había guión ni mucho menos acompañante. Había un bistrot cerrado. Había mesas apiladas. Pero tampoco había un camarero con delantal largo sirviendo deux pressions s´il vous plaît.
Estaba en la desescalada, o en la nueva normalidad, o en alguna de las fases, o como quisieran titularla en una rueda de prensa un ministro con gafas y un burócrata experto, y había salido de su pequeño comercio a descansar en su rincón de pensar. En ese sentido tenía suerte y era consciente: sus camisetas se seguían vendiendo, su actual pareja era veterinario y sus hijos estaban independizados cerca de su casa. En cierto modo, unos privilegiados que supieron elegir el lugar donde vivir y que no se vieron encerrados durante semanas entre murallas de hormigón, rayos de sol sólo al amanecer, árboles obedientes y alineados y sonidos feos y ordenados en el caos. También olía bien. A humedad fresca, a limpio continuo.
En realidad su vida había cambiado poco porque seguía manteniendo sus rutinas. Quizás le faltaba la compañía de los visitantes de temporada, los asiduos de los fines de semana y la posibilidad de improvisar. Las normas cambiaban cada semana y ya no sabían si estaban confinados perimetralmente, sólo localmente o absolutamente encerrados. Tenían la montaña cerca, la veían desde su casa pero no podían acercarse. Vivir sin orden y sin agenda era lo que le había traído hasta aquí cuando se separó de su anterior pareja. Se seguían llevando bien, no fue traumático porque ya no había pasión, tan sólo inercia, respeto y cierta comodidad.
Sin acompañante en el banco de al lado, su rincón de pensar la llevó a mirar lejos donde nacía el oleaje que tanto le fascinaba. Adoraba el caos, ver crecer la ola y la fuerza salvaje del agua contra las rocas. Cada vez que el mar se mostraba poderoso pensaba en cómo sería una noche de tormenta allá dentro sin ni siquiera poder imaginar, encerrados en la bodega, que, en algún sitio, seguiría habiendo tierra firme como refugio. Conocía suficientes historias de marinos y marineros. El caos de una tormenta y el miedo de todos pero, sobre todo, del novato o primerizo. Sólo la experiencia, la calma, la valentía, la humildad, el respeto y la empatía del capitán podía encontrar la salida.
Volvió a casa subiendo la empinada pendiente que le permitía mirar lejos y pensar en los millones de personas que vivían tras las mascarillas desde hace meses. Era algo fácil de imaginar en bruto pero muy complicado de pensar en la gente que conocía y quería y que ya hacía tanto tiempo que no veía. Se había acostumbrado a ver a los más próximos con la cara tapada pero todo le impedía asumir que sus familiares, sus amigos de siempre, sus antiguos vecinos, sus compañeros de universidad y trabajos, sus rivales deportivos... todos se cubrían la cara. Ponía nombres pero no podía poner máscaras. Ponía nombres y quería poner besos y abrazos.
"¿Y todo esto acabará poco a poco, como amaina un temporal, o llegará un día en el que, al despertarnos, al igual que en otros momentos históricos, alguien anunciará que la guerra ha terminado? ¿Habrá un fotógrafo preparado para captar un imagen de todos abrazándonos y tirando mascarillas como aquella de Times Square tras la Segunda Guerra Mundial?"
Después de tanta incertidumbre, tristeza y sufrimiento quizás un anuncio con sorpresa y grandes titulares provoque una mayor dosis de alegría sin que nadie se vaya apropiando, día tras día, a pequeños sorbos, con pocas verdades y golpes de Twitter, de la esperanza de la gente.
Antes de llegar a su casa siguió con sus rutinas. La boulangerie aún estaba abierta y sus baguettes preparadas. Recordó que no quedaba fromage y compró uno nuevo y dos de los de siempre, del terroir. Vino aún tenían.
Ese día venían sus hijos.
Tampoco ese día vieron los telediarios.
