Eran dos más esperando en el andén aunque seguramente eran los únicos a los que no les interesaba el destino del próximo tren. En ese tipo de andenes los trenes llegan y se van sin la emoción que produce un viaje, incluso los no deseados. No hay origen y el destino es indiferente. Llegan y parten dando la espalda cómo el mal amigo o el amor incomprendido. En realidad no creo que ellos estuvieran esperando tren alguno sino, más bien, un refugio transitorio. Hasta ese momento nadie había reparado en ellos. Yo tampoco. Hacía tiempo que habían dejado de confiar en algo o, más aún, en alguien. Ni siquiera en el destino. Su billete, si lo tuviesen, no los llevaba a ningún lado.
Quién sabe los motivos que los trajeron hasta aquí y si alguna vez habrán pensado en volver. Tal vez ni siquiera huyeron juntos de su ciudad natal, de su entorno y de su gente. Tal vez no sean del mismo lugar y se hayan conocido después. Tal vez no compartían nada. Hay quien huye por necesidad, por acoso, por desengaños, por hartazgo, por aventura. Y hay quien escapa porque sí, porque no era su sitio que en algún lugar ha de estar.
No fue hasta que se cerraron las puertas del vagón cuando se convirtieron en el centro de atención del resto de los que estábamos en ese tren. Tras el misterio que sigue al cerrar de las puertas y entre el traqueteo inicial, de la nada surgió un acordeón y un amplificador y, sin perder mucho tiempo, en un movimiento rutinario pero no ensayado, rompiendo el triste silencio de un vagón de cercanías, empezó a sonar el mismo tema que, seguramente, llevaba repitiendo desde el punto de la mañana. Su jornada habría empezado lejos, quién sabe en qué línea, y acabaría cuando la recaudación los alcanzase para cubrir los gastos del día. Pensé dónde habrían dormido, qué habrían desayunado y si su pequeño patrimonio personal se limitaría a lo poco que arrastraban protegido por bolsas de supermercado de barrio. Pensé dónde acabarían el día. O la vida.
Sonaba mal. Realmente mal. Incluso fatal. Intentaba camuflar su evidente falta de destreza musical, así cómo su falta del más mínimo sentido del ritmo, con el exagerado volumen de su amplificador. Enseguida me acordé del tío de la cabra que, hace ya muchos años, todos los sábados, pasado el mediodía, ocupaba la esquina de casa de mis padres con insufribles solos de trompeta mezclados con pasodobles al teclado.
Él asumía sólo la parte artística de la efímera actuación entre estaciones: tocaba el acordeón, regulaba la intensidad del acompañamiento y cantaba, o más bien susurraba cansinamente, la Lambada, tema con tintes brasileños de finales de los ochenta que, paradójicamente, era una especie de exaltación de la felicidad y el buen rollismo veraniego. Recuerdo estar cruzando el Pont Neuf en París y ver navegar por debajo de mi un bâteau mouche que sirvía de escenario para la grabación de un vídeo de la canción que popularizó el grupo Kaoma. Era otra época pero, sobre todo, eran otros intérpretes.
Intenté adivinar su origen fijándome en sus rasgos, acento o incluso la marca del acordeón. No lo conseguí.
En el vagón, frente a ellos, una mujer sola, que había debido terminar su turno en algún comercio cercano y volvía a casa después de haber hecho la compra, miraba sin escuchar. Un hombre, que parecía ir al aeropuerto, tiraba con desgana de una enorme maleta con la que regresaba a su país y los sonreía mientras entendía su tristeza. Más allá, otro hombre, cansado y que volvía con su hijo del colegio y al que ayudaba con los deberes, seguramente maldecía su suerte y la de ellos. Una pareja envuelta en su rutina, no se sabe si felices o enfadados, pero con destino desconocido, se acariciaba las manos mirando por la ventanilla un paisaje de hierros, luminosos y atascos. Una madre y su hijo adolescente se intercambiaban secretos vía whatsapp ajenos a todo lo que sucedía.
Ella no participaba y ni siquiera lo miraba. Fijaba la mirada en el suelo calculando en qué momento debía empezar a buscar la complicidad previa a la propina. Al segundo estribillo era su momento.
Era media tarde y el cambio de hora había retrasado el anochecer. El trayecto alternaba túneles, estaciones y apeaderos, atravesando todo el entorno trasero de la ciudad, todo ese mundo cuyo pésimo diseño y mantenimiento permanece oculto excepto para los pasajeros de los trenes de cercanías que viajan en la ventanilla. Lo que no se ve, no se cuida y lo que no se cuida se deja pronto de ver. Muchos, incluso los que están hartos de verlo a diario, deben pensar que no existe.
Mientras él trataba de llegar al final de la canción antes de que las puertas se abriesen en la siguiente parada, ella sacaba su mejor sonrisa, pasaba el platillo y deseaba repetidamente buen viaje a todo aquel que, al menos, le mantenía la mirada. Aún así eran pocos los que al menos daban las gracias y menos aún los que hacían ademán de buscar entre los bolsillos. No eran artistas y no buscaban el aplauso ni la admiración de la gente sino subsistir así que necesitaban la voluntad. Todos nos íbamos a ir bajando en algún momento pero ellos volverían a cambiar de andén, quién sabe si de línea, y volverían a empezar.
Y nuevamente serían extraños en un andén esperando al siguiente.
Nadie, salvo la tristeza, viaja en tren de cercanías.
